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EL ÚLTIMO BESO... ANTES DEL DIVORCIO romance Capítulo 69

AMOR EN TIERRAS SALVAJES. CAPÍTULO 69. Un hogar por estrenar

Carter y Chelsea se sentaron a la mesa a revisar en tablets y teléfonos. Henry abrió mapas, Rebecca encendió un excel (cómo no), y Carlota apareció con galletas que nadie había pedido pero todos comían.

Chelsea fue marcando favoritos: un departamento con ventanas enormes, otro con terraza minúscula pero romántica, un tercero cerca de un hospital que le quitaba los nervios. Carter tomaba nota de todo, sin discutir, dejando que sus prioridades fueran exactamente las de ella.

—Este —dijo Chelsea, señalando uno con una sonrisa tímida—. Mira la luz a la mañana.

—Si te gusta a ti, me encanta a mí —contestó él.

—No vale decir eso con todos —lo regañó Rebecca, aunque se le estaba cayendo la sonrisa.

—Voy a escribirles ahora —anunció Henry, ya marcando un número—. A ver si podemos visitarlo mañana.

Chelsea apoyó la cabeza en el hombro de Carter. Él la cubrió con su brazo y cerró los ojos un segundo, agradeciendo en silencio: por la ciudad, por la familia, por el bebé, por el segundo intento.

—¿Sabes qué quiero? —dijo ella con un susurro apenas audiblemente.

—Todo —respondió él, adivinando.

—Una vida simple —aclaró—. Que el mayor drama del día sea si el pan llegó caliente o frío. Nada más.

—Firmo —dijo Carter—. Con sangre, si hace falta.

—Con tinta sirve —lo corrigió Henry colgando la llamada—. Y con depósito en garantía. ¡Todavía está disponible!

Rieron todos, y el sonido llenó la cocina como una bendición. El sol de la tarde entró sesgado por la ventana, y por primera vez en mucho tiempo, lo que sentían no era miedo ni cansancio: era alivio.

Carter miró a Chelsea y luego a la familia reunida, y pensó —sin decirlo— que, tal vez, al fin estaban listos para lo sencillo. Para lo que se construye despacio. Para un hogar que no hubiera que defender con uñas y dientes sino solo… disfrutarlo.

Así que al día siguiente hicieron las visitas, firmaron lo necesario y se mudaron apresuradamente.

El departamento nuevo olía a pintura fresca, a cartón de cajas recién abiertas y a esa mezcla difícil de explicar entre incertidumbre y promesa. Era un lugar luminoso, sin demasiados muebles todavía, con las cortinas improvisadas y el eco rebotando en las paredes cada vez que uno de los dos hablaba. Pero para Carter y Chelsea, ese eco sonaba a hogar.

Llegaron cargando apenas unas maletas y una bolsa de supermercado que Henry había llenado con “provisiones básicas”, es decir, café, agua, pan, y por razones que todos entendían, un bote gigantesco de helado.

—Me encanta el potencial que tiene —dijo Chelsea entrando a la sala y girando sobre sí misma, admirando cómo entraba la luz por los ventanales.

Carter cerró la puerta detrás de ellos y echó el seguro para asegurarse de que nadie los iba a interrumpir. Luego la observó desde atrás, en silencio, con esa expresión suave que solo ella era capaz de provocarle. En realidad, el departamento podía estar cayéndose a pedazos y él igual lo vería perfecto mientras ella estuviera ahí.

—Potencial, sí —repitió, caminando hacia Chelsea con pasos lentos—. Y yo ya estoy listo para estrenarlo.

Ella sonrió de medio lado, y lo miró con una ceja levantada.

—¿Estrenarlo? —preguntó con fingida inocencia—. ¿De qué modo?

Ella abrió los ojos, sorprendida por la suavidad, por el peso y la calma de esas palabras.

—Yo también te amo —admitió, sin que la voz le temblara por primera vez en semanas.

Él la levantó por la cintura con una facilidad que siempre la dejaba sin aire, como si su cuerpo pesara menos en sus brazos. Chelsea se aferró a él por instinto, echando los brazos alrededor de su cuello y Carter la sostuvo como si la hubiera estado esperando toda la vida.

—No tenemos cama todavía —dijo ella, entre risas suaves.

—Pero tenemos alfombra —respondió él—. Y paredes. Y sofá. Y tú. Y yo. Eso es suficiente.

La llevó sobre la alfombra, frente a la chimenea, donde la luz de la tarde entraba a raudales. Se quedaron ahí un segundo, quietos, mirándose. El aire tenía algo eléctrico, una tensión cálida, expectante. No había prisa, no había miedo. Solo ese deseo que se estiraba entre ellos como un hilo rojo.

Chelsea rozó su nariz con la de él, y Carter le contestó con un beso suave, casi tímido al principio, como si no quisiera romper el hechizo.

—Ven aquí —murmuró él, sin dejar de besarla.

Chelsea deslizó las manos por su nuca, bajando lentamente hasta sus hombros, sintiendo cada músculo tensarse bajo sus dedos. Carter le rozó el cuello con los labios y ella se arqueó apenas, con un suspiro que él recibió como si fuera un regalo. Sus manos se deslizaron por sus caderas, subiendo y bajando en caricias que parecían aprenderla de memoria.

—No vuelvas a engañarme así, o nunca más dejaré que me embaraces —susurró contra su boca.

—Nunca más —respondió él, firme—. Te lo juro.

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