Las voces de los presentes, entre cuchicheos y maldiciones, habían alcanzado su punto más alto. La tensión flotaba en el aire, a punto de estallar.
De repente, la pantalla gigante cambió de imagen. Ahora se reproducía un video.
La cámara enfocaba una mano delgada y clara, que se movía ágil sobre una hoja de papel, trazando líneas y formas. Los movimientos se aceleraban, y en cuestión de segundos una propuesta de diseño espectacular cobraba vida frente a todos.
El lente se alejaba, revelando el rostro decidido y sereno de Sofía, completamente concentrada en su trabajo.
El salón quedó en absoluto silencio. Ni un solo murmullo se atrevió a romper aquella calma inesperada.
El video continuó, mostrando a Sofía confeccionando el vestido con sus propias manos: ella misma cortaba el patrón, elegía las telas, cosía cada detalle... incluso se veía cómo bordaba con cuidado las perlas rojas en el dobladillo de la falda.
El vestido, al principio sólo un esbozo, empezaba a adquirir forma y elegancia con cada puntada. La grabación se detuvo ahí, dejando a todos en suspenso.
Isidora se quedó completamente rígida, la cara tan pálida como la leche.
Sofía, por su parte, levantó la mirada con aparente desgano, barriendo con la vista a los asistentes que la observaban con expresiones congeladas. Su voz, suave pero cargada de ironía, se escuchó clara en el salón:
—¿Y bien? ¿Esto les parece suficiente prueba?
Se quitó el velo con un solo movimiento, dejando su rostro al descubierto bajo el brillo de las luces. Su piel impecable resaltaba junto a unos labios rojos intensos; toda ella parecía una pintura fantástica y de otro mundo.
Santiago, desde su lugar, no pudo evitar que sus ojos se abrieran un poco más de lo normal.
Liam, que la tenía justo al lado, sintió cómo el aroma sutil de Sofía le envolvía, provocándole una extraña confusión.
—Ahora te toca a ti, Isidora —soltó Sofía, su voz más cortante—. ¿De dónde sacaste mi diseño?
El gesto de Sofía se endureció. Las perlas rojas del vestido, a la altura de la falda, parecían gotas de sangre solidificadas.
—¿Desde cuándo Selina te conoce? —añadió con una mueca sarcástica.
Alzó la barbilla con orgullo, irradiando una elegancia casi intocable.
Desde el segundo piso, unos ojos observaban la escena, llenos de admiración y cierta nostalgia. Sin embargo, al posar la vista en la cara desencajada de Isidora, solo reflejaban desprecio y frialdad.
Todas las miradas se volcaron sobre Isidora: algunas llenas de dudas, otras de desconcierto, y muchas francamente sorprendidas.
Nadie habría imaginado que la persona en la que todos confiaban era la que había mentido, y que Sofía —la misma a la que habían descalificado y ridiculizado— era, en verdad, Selina.
El desconcierto se apoderó de todos. Parecía que el mundo se había puesto de cabeza.
—Yo... yo... —balbuceó Isidora, retorciéndose las manos—. El diseño me lo enviaron de forma anónima al correo. Tenía miedo de que nadie me creyera y por eso dije que conocía a Selina. Solo quería evitar que tú, Sofía, te desviaras del camino, jamás imaginé que sí eras Selina... bueno, entonces está bien, está bien...

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