La mirada de Santiago Cárdenas fue descendiendo poco a poco hasta posarse en su propia mano, la misma que Sofía había apartado de un manotazo.
La calidez que había sentido en su palma se había esfumado por completo.
De pronto, una sensación de vacío le llenó el pecho, como si le hubieran arrancado el corazón y, aun queriendo, nada pudiera llenar ese hueco.
Santiago alzó la vista, y ya no se veía esa sombra tormentosa en sus ojos, sino una soledad profunda.
Se quedó mirando a Sofía Rojas, perdido, mientras ella lo fulminaba con una mirada llena de desprecio, casi como si estuviera frente a su peor enemigo.
El vacío de su pecho se volvió a desgarrar con una punzada aguda.
Santiago tembló, de forma casi imperceptible, como si su cuerpo ya no pudiera sostenerse.
Hizo un esfuerzo para mantenerse de pie, su figura seguía imponente, pero en ese momento parecía más frágil que nunca.
Sofía no apartó la vista de él, siempre en guardia, lista para cualquier movimiento.
—Descansa bien.
La voz de Santiago salió áspera, como si le costara pasar saliva. Ni siquiera volvió a mirar a Sofía; se dirigió directo a la puerta y salió sin voltear.
Sofía estuvo a punto de dejar escapar un suspiro de alivio.
Pero, de repente, él se detuvo. Y al escuchar el cese de sus pasos, Sofía sintió cómo el corazón se le subía a la garganta.
—Los Rojas ya están en Olivetto —hizo una pausa, su tono grave resonó en el aire—. No te mentí.
Dicho esto, cruzó el umbral y cerró la puerta detrás de él.
Por fin, en ese cuarto amplio solo quedó Sofía.
Aunque todavía podía percibirse la presencia de Santiago, el ambiente se volvió mucho más ligero.
Después de tanto tiempo resistiéndose y luchando, de pronto el cuerpo de Sofía se sintió sin fuerzas, como si la tensión la hubiera abandonado de golpe. Se dejó caer sobre la cama, hundiendo la cabeza en la almohada.
Se abrazó el pecho con fuerza, perdida, mirando el techo sin ver nada.
En ese instante, ni pensó en los Rojas ni en lo que acababa de pasar. Su mente quedó en blanco, a la deriva, como una hoja sobre el agua llevada por la corriente.
Pasó un buen rato antes de que, poco a poco, volviera en sí.
Ya no se escuchaba ningún ruido afuera; no podía saber si Santiago se había marchado de Villas del Monte Verde.
Ese día no era feriado, en teoría él debería estar en la empresa.
Pensando en eso, Sofía frunció el ceño, una sospecha le cruzó la mente.
Santiago había ido a buscarla a propósito, pero ¿cómo supo dónde encontrarla?
No lograba entenderlo; decidió dejar ese asunto de lado y concentrarse en cómo lidiar con la familia Rojas.
Que Isidora Rojas estuviera hospitalizada era motivo suficiente para que vinieran a visitarla.
Pero Sofía sabía bien que los Rojas no viajarían solo por cortesía; seguramente aprovecharían para hacerle la vida imposible.
Y hablando de Isidora...
Sofía entrecerró los ojos.
En la fiesta, Isidora había mostrado una foto que, sin duda, era un boceto de Sofía. Pero su taller era secreto, ¿cómo había conseguido Isidora ese diseño?
Las dudas daban vueltas en su cabeza, haciéndole doler las sienes.
Algo le cruzó fugazmente la mente, pero no logró atraparlo.
Sofía se masajeó la cabeza y, envolviéndose con la sábana ligera de la cama de Santiago, regresó a su propia habitación.
Al pasar por la sala y el estudio, no escuchó ningún sonido.


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