—Además, si no se largan ahorita mismo, voy a llamar a seguridad. A ver si cuando las saquen a la calle, todavía les queda algo de dignidad. Ya veremos quién se atreve a decir que tienen educación alguna después de esto.
Sofía lanzó una risa burlona, el tono de su voz goteaba sarcasmo.
Apenas terminó de hablar, Ivana y Begoña se pusieron serias, con el enojo pintado en la cara, pero se quedaron quietas, sin atreverse a dar un paso más.
Por un lado, la humillación que Sofía les acababa de soltar no les daba respiro. Por otro, aunque la familia Rojas ahora estaba en decadencia y soñaba con colgarse del apellido Cárdenas, Ivana y Begoña venían de buena cuna y, sobre todo, les importaba el qué dirán.
Ivana, furiosa, le clavó la mirada a Sofía.
—Sofía, ahora sí que te crees mucho, ¿verdad? ¿Hasta amenazas me quieres hacer?
Sofía la miró con una indiferencia tan grande que ni se molestó en responderle.
Ivana terminó por apretar los dientes, pero intentó calmarse antes de hablar de nuevo.
—Vine por Isi. Por tu culpa, ella sigue en el hospital. Acabo de hablar con ella y ¿tú, que eres su hermana, ni una sola vez has ido a verla? ¿No te remuerde la conciencia?
Mientras hablaba, la rabia le subía hasta las arrugas de la frente.
—¿Por mi culpa? —Sofía soltó una carcajada incrédula, arqueando las cejas. Aunque sonriera, sus ojos lanzaban destellos de hielo.
Begoña, al ver esa expresión, sintió un escalofrío y le dio un codazo a Ivana, apurándola a parar.
Ivana, sorprendida por la reacción de Sofía, arrugó la frente.
—¿De qué te ríes?
—Me río de lo ingenuas que son. Se dejan manipular y terminan siendo la mejor arma de quien las usa. Me río de que ni siquiera se detienen a preguntar qué pasó, nada más vienen a reclamarme como si supieran toda la verdad.
En cuanto terminó de hablar, la sonrisa de Sofía desapareció y todo su cuerpo se llenó de una fuerza imponente.
Sin perder más tiempo, marcó al guardia.
—¿Quién te dijo que dejaras pasar a esta gente? Ven a sacarlas ya.
Del otro lado de la línea, César Robles, el guardia en turno, contestó de inmediato y salió disparado rumbo al edificio principal, dejando a medias lo que estaba haciendo. Nunca había escuchado a la señora tan furiosa, así que apuró el paso.
Apenas César se fue, un taxi se detuvo en la entrada de la casa.
La recién llegada vio al guardia, que era un desconocido para ella. Bastó con decir que tenía asuntos con los dueños para que la dejaran pasar.
César llegó justo a tiempo para ver cómo una mano se alzaba en el aire, lista para aterrizar en la cara blanca de Sofía.
César abrió los ojos de par en par y corrió a detener el golpe, pero Sofía se adelantó y le agarró la muñeca a Ivana con una rapidez sorprendente.
Un año en prisión no había pasado en vano. Ahora tenía un agarre firme y fuerte.
La mano de Ivana se quedó congelada en el aire y no pudo bajarla. Llenándose de furia, miró a Sofía.
—¿Te vas a rebelar ahora?
César, sudando a chorros, se puso frente a Sofía.
—Señora, usted dijo que era la mamá de la dueña, por eso la dejé pasar. ¿Y aun así se atreve a levantarle la mano aquí?
Ivana ya se sentía humillada por Sofía, y que un guardia se le pusiera al brinco la desquició todavía más.
—¿Tú qué te crees? ¿Eres un simple perro guardián y te atreves a hablarme así?


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