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El Valiente Renacer de una Madre Soltera romance Capítulo 307

El tipo de mirada lasciva apenas se disponía a salir cuando una voz lo detuvo:

—¿Ya llegaron los que ella envió?

Sofía temblaba de pies a cabeza, pero aun así no olvidó grabarse todo lo que decían. ¿Ella? ¿A quién se referían?

El hombre asomó la cabeza hacia afuera.

—Parece que ya están afuera.

—Hazlos pasar. Después, hay que grabar bien todo esto.

Ambos se miraron y soltaron una risa que ponía los pelos de punta.

A Sofía le cayó el veinte de que la situación pintaba muy mal.

En ese instante, el sonido de unos tacones resonó en el piso, firme y seguro, como si anunciaran la llegada de alguien que mandaba. La mujer se plantó frente a Sofía y, antes que nada, lo que sintió fue una presencia helada y cortante.

—¿Ella es la indicada?

La voz de la recién llegada sonaba altiva, con un dejo de arrogancia que helaba la sangre.

—Sí, justo a usted le toca enseñarle una lección.

—Hmpf.

Apenas terminó de hablar, la mujer presionó el rostro de Sofía con sus uñas largas y puntiagudas, como si quisiera dejarle bien claro quién mandaba allí.

—Cuando te metes con la persona equivocada, esto es lo que pasa.

Soltó la frase con una calma que erizaba la piel.

Antes de que Sofía pudiera reaccionar, sintió el latigazo en la espalda, un golpe seco y brutal.

—¡Zas!—

—¡Aaaah!

El chasquido del látigo cortando el aire y el grito desgarrador de Sofía se mezclaron en el ambiente.

La mujer que sostenía el látigo tenía una chispa de locura en los ojos, una emoción desbordada, y sin dudar, volvió a descargar el látigo sobre Sofía.

El dolor la hizo sentir que sus huesos se rompían, que su piel se abría en cada latigazo. Sofía apretó los dientes, las venas de la frente se le marcaron y grandes gotas de sudor le escurrían por el rostro.

—¡Tráiganme una cubeta con agua y échenle más sal!

Ordenó la mujer con voz dura, y de inmediato se oyeron pasos apresurados alejándose.

Al poco rato, Sofía escuchó cómo arrastraban un balde pesado y lo ponían en el suelo.

—¡Échasela!

El grito fue seco.

Sofía sintió que casi se mordía la lengua de tanto dolor.

Las heridas recién abiertas ardían como fuego, y encima les echaban agua con sal. El dolor era insoportable, Sofía se retorció y quedó hecha un ovillo, temblando y sollozando.

—¿Por qué está tan floja la cuerda? Amárrenla bien.

Apenas terminó de hablar, sintió cómo la cuerda se apretaba más alrededor de su cuerpo, clavándose justo donde tenía las heridas, arrancando carne viva y dejando marcas que asustarían a cualquiera.

El dolor terminó por vencerla y, al fin, Sofía perdió la conciencia.

Antes de desvanecerse del todo, en medio de la niebla de su mente, le pareció ver a Bea sonriéndole. Una lágrima le rodó por la mejilla.

No lo pensó ni un segundo. Si con eso podía evitarle más daño a Sofía, tragaba su orgullo.

[Claro. Solo queremos conseguir lo que buscamos.]

Marcos cerró la computadora, el pecho le subía y bajaba con furia. No se atrevía a mirar de nuevo el correo, temiendo que una imagen más le rompiera por completo.

Solo con ese vistazo, las heridas de Sofía ya no lo soltaban, girando una y otra vez en su mente.

Se aferró al cuello de la camisa, buscando calmar la respiración y no perder el control, aunque sentía que el corazón le iba a explotar.

Siempre se consideró alguien sereno, pero ahora los nervios lo traicionaban.

De inmediato, marcó al Grupo Cárdenas y la llamada pasó a manos de Jaime, que todavía sostenía la tablet.

—¿Dónde está Sofía? ¿Sabes algo de ella?

Trató de sonar calmado, pero la angustia se le notaba en la voz.

Al escuchar el nombre, Jaime cambió el semblante, poniéndose serio.

—La señora está desaparecida.

Lo soltó sin rodeos.

Marcos sintió un vuelco en el estómago. Eso quería decir que las fotos eran reales, que Sofía estaba en verdadero peligro.

Aunque no quería involucrar a Santiago, le contó todo a Jaime, sin ocultar nada.

Jaime, con el gesto tenso, respondió:

—Espérame un momento, voy a buscar al presidente Cárdenas.

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