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El Valiente Renacer de una Madre Soltera romance Capítulo 316

El tono de Santiago era cortante, como si cada palabra pesara en el aire.

Sofía, sin embargo, no entendía de dónde venía esa actitud.

El juicio entre Marcos y Adrián sería al día siguiente; por supuesto que le preocupaba si su situación podría afectar al Instituto de Investigación Galileo.

Después de todo, ese era el primer gran proyecto de Marcos en Nueva Castilla; el significado de ese caso era mucho más que personal.

Al notar la mirada confundida de Sofía, Santiago sintió cómo la molestia le subía por el pecho, haciéndose cada vez más evidente.

—¿De verdad te preocupa tanto Marcos?

Su voz sonó dura, con un dejo de fastidio imposible de disimular.

Sofía lo miró, perpleja, y sin darle más vueltas sacó su celular.

—Olvídalo, ya no te pregunto.

En ese instante, Santiago le arrebató el celular de un manotazo.

—No hace falta que busques nada.

Soltó una risa seca.

—Marcos y Adrián ya terminaron el juicio, fue justo cuando fui a buscarte.

Sofía se quedó helada.

—Marcos perdió.

Santiago la miró de reojo, y en su expresión se asomó un toque burlón, como si disfrutara de la noticia.

Sofía abrió los ojos de par en par, negándose a creerlo.

—¿Cómo que perdió? Eso no puede ser.

En la primera audiencia todo había estado a favor de Marcos, y ella misma había revisado los alegatos de la segunda. Nada parecía fuera de lugar. ¿Cómo era posible que perdieran?

De pronto, una sombra de duda le cruzó la mente.

¿Y si de verdad Marcos había sido afectado por su situación?

Abrió la boca, pero no consiguió decir nada.

—Ya no se puede hacer nada. Mejor recupérate y pregúntale tú misma.

Santiago le lanzó una mirada distante y, sin dudarlo, se guardó el celular en el bolsillo.

Sofía seguía demasiado impactada para notar ese pequeño gesto.

—Espera.

De pronto, ella lo llamó, deteniéndolo justo cuando estaba por salir.

Santiago se giró con una ceja levantada, el celular ya seguro en su bolsillo.

—¿Sabes por qué Bea está hospitalizada?

La miró fijamente, pero Sofía no le quitó la vista de encima. Sus ojos lanzaban una chispa helada y cortante.

El corazón de Santiago dio un vuelco; algo no encajaba.

Frunció el ceño.

—Ya mandé a alguien a investigar.

—¿Investigar?

Sofía soltó una risita amarga, pero enseguida recuperó la seriedad.

—No hace falta. Fue Isidora.

No apartó la mirada, como si estuviera esperando ver cada reacción de Santiago.

Tal como imaginó, apenas mencionó el nombre, Santiago arrugó aún más la frente.

—¿Isidora?

Sofía no pasó por alto la duda y la confusión en su respuesta.

En su interior, Sofía se rio con amargura.

Lo sabía.

El sonido de la bofetada y el golpe de un vaso rompiéndose resonaron a la vez, llenando la habitación de un silencio tenso.

Por la puerta, la enfermera apareció justo en ese instante, petrificada por la escena. Solo sus ojos, abiertos de par en par, temblaban al verla.

¿¡Acaso acababa de ver a la señorita Rojas darle una bofetada al presidente Cárdenas!?

Por dentro, la enfermera gritaba de nervios, pero ante la mirada de ambos, solo pudo fingir que nada había pasado.

—Yo… yo me encargo de limpiar.

Apurada, se agachó para recoger los vidrios, los puso en la charola y salió disparada, casi resbalando por el agua en el piso.

La puerta se cerró.

Santiago levantó la cabeza muy despacio.

Los ojos de Sofía estaban llenos de hielo, tan implacables como la escarcha en las hojas de otoño.

—Lárgate.

Escupió la palabra, sin dejar espacio para réplica.

Santiago sintió la cólera crecerle, aunque no dijo nada, los músculos de su cara se tensaron y la vena de su frente palpitó.

Apretó la mandíbula y salió dando zancadas largas.

En la habitación solo quedaron Sofía y Bea, que por el susto no se atrevía a hacer el menor ruido.

Mirando la expresión asustada de la niña, Sofía la abrazó con ternura.

—Ya pasó, mi amor. Todo está bien.

Su voz y sus manos eran puro cariño, pero en sus ojos seguía flotando una calma oscura, densa como la noche.

...

Santiago salió del cuarto y, ya en el pasillo, sacó el celular del bolsillo.

No se esperaba que Sofía hubiera puesto contraseña en la pantalla.

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