De repente, una voz baja y perezosa sonó junto al oído de Isidora.
Ella se quedó atónita. Una mano grande y llena de venas atrapó su muñeca.
Enseguida, la presión aumentó, obligándola a soltar un grito de dolor y dejar ir lo que tenía.
Isidora, nerviosa, se revisó la muñeca y vio que ya tenía una marca rojiza alrededor.
Alfonso Castillo jaló a Sofía para ponerla detrás de él, y antes de apartarse, le guiñó un ojo, como si presumiera su hazaña.
—Yo vine siguiendo a estos tipos, pero no soy ningún pervertido, ¿eh?
—Basta de bromas.
Sofía lo miró molesta.
Pero la sonrisa de Alfonso solo se ensanchó.
El intercambio entre los dos hizo que Oliver no aguantara más; con el semblante endurecido, interrumpió:
—Sofía, no creas que porque está el señor Castillo contigo te va a ir bien. ¡Borra todo lo que grabaste ahora mismo!
Había hecho de todo para evitar problemas, pero nunca imaginó que Sofía sería tan astuta.
A Oliver le temblaba la mano de coraje.
El cuerpo de Sofía quedó completamente cubierto por la espalda ancha de Alfonso. Él, escuchando la amenaza, lanzó una risa provocadora y aplaudió.
—¿Qué, todavía quieres vengarte de mi Sofi?
Retrocedió medio paso, apoyó una mano sobre el hombro de Sofía y, agachándose, le susurró al oído:
—Dime, ¿a cuál te gustaría que ponga en su lugar primero?
Alfonso intencionalmente le sopló al oído, con un aire travieso.
El baño estaba casi vacío, así que ese sonido no pasó desapercibido; Oliver y los demás lo oyeron todo.
El apodo cariñoso que Alfonso le dedicó a Sofía hizo que a ella se le sonrojara el cuello. Aunque intentó mantener la calma, el rubor en sus mejillas era imposible de ocultar.
Sofía le lanzó una mirada de advertencia, pidiéndole que se comportara, pero mientras más Alfonso notaba su incomodidad, más insistente se volvía.
—Me están provocando, y mientras yo esté aquí, nadie te va a lastimar. Hay que darles una lección. Además... me encanta educar a los mocosos.
Alfonso clavó la vista en Víctor y la sonrisa se le tornó siniestra.
Recordaba perfectamente que Víctor había sido el primero en jalar el bolso de Sofi.
Leonor, al ver la intención en la mirada de Alfonso, rápidamente cubrió a Víctor con su propio cuerpo.
Oliver, impresionado por la dureza en los ojos de Alfonso, no tuvo más remedio que suavizar la voz:
Leonor apretó las manos hasta que las uñas se le clavaron en las palmas.
—Presidente Cárdenas, ¿por qué no deja que el mesero lo lleve a nuestra mesa? Aquí todavía tenemos unos asuntos que resolver.
Leonor forzó una sonrisa, pero Santiago ni siquiera le dirigió la mirada. Tenía los ojos fijos en Sofía.
—¿Qué haces tú con él aquí?
Su voz retumbó, ronca y profunda.
Sofía apartó la vista y jaló a Alfonso para irse.
Casi por instinto, Santiago le sujetó la muñeca.
Sofía se vio forzada a detenerse.
De inmediato, la mano de Santiago quedó atrapada bajo la de Alfonso.
—Tío, la vas a lastimar —soltó Alfonso con una sonrisa.
En cuanto dijo eso, las miradas de los dos se cruzaron en el aire. Parecía que entre ambos chisporroteaba una corriente invisible.
El ambiente alrededor de Santiago se tornó intenso, casi sofocante. Pero toda esa tensión se disipó de golpe cuando Sofía habló.
—Suéltame.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Valiente Renacer de una Madre Soltera