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El Valiente Renacer de una Madre Soltera romance Capítulo 394

Sofía alzó la vista, clavando una mirada cortante en Santiago, como si observase a un desconocido que poco le importaba.

Bajo esos ojos distantes, Santiago sintió cómo el frío le calaba hasta los huesos, como si lo hubieran sumergido en un pozo de agua helada.

Alfonso entornó los ojos, bajando la vista hacia su propia mano, que acababa de retirar con lentitud.

Sofía apartó la mirada y, esta vez, al salir del baño, nadie se atrevió a detenerla.

En el baño reinaba un silencio tan profundo que hasta se podía escuchar caer un alfiler.

Leonor arrugó el entrecejo, pensativa.

Desde que Santiago entró, su primera mirada había ido directo a Sofía. Incluso después de tanto rato ahí, ni una vez se dignó a mirar a su hija.

Ese detalle le hizo ruido. Giró la cabeza de reojo para observar a Isidora y, como temía, la vio completamente pálida.

—Presidente Cárdenas, mejor vamos al restaurante a platicar —propuso Oliver, tragándose su incomodidad, decidido a ser buen anfitrión.

Santiago echó una mirada gélida a todos los presentes, deteniéndose un instante en sus extraños movimientos antes de apartar la vista.

—Ajá —respondió con un tono seco y distante.

El hombre ya se había largado del baño.

Apenas la figura imponente de Santiago cruzó la puerta, Isidora ya no pudo seguir ocultando su rabia, que le brotó a borbotones:

—¡Sofía!

Leonor la abrazó con dulzura, intentando calmarla, aunque su mente ya divagaba lejos de ahí.

Si las fotos que Sofía tenía en la mano llegaban a salir a la luz, ni aunque Oliver se quedara con el control absoluto del Grupo Rojas eso serviría de algo. Aunque lograra seguir siendo el mayor accionista y presidente del grupo, un escándalo así los hundiría. El Grupo Rojas nunca volvería a ser lo que era.

Leonor y Oliver cruzaron una mirada intensa, leyendo la preocupación en los ojos del otro.

...

Al regresar al restaurante, Santiago se sentó en una mesa apartada, lo más lejos posible del grupo, pero justo en el ángulo perfecto para observar a Sofía y Alfonso.

—¿Y bien? —preguntó Alfonso, con una chispa de curiosidad.

Después de la tensión en el baño, ya habían puesto todos los postres y platillos en la mesa.

Alfonso animó a Sofía a probar el pastel, mirándola con entusiasmo, como si esperara un milagro.

El toque ácido y ese dulzor suave se mezclaron en su boca, trayéndole recuerdos. Ese sabor, tan familiar, despertó ecos en su memoria.

Sofía se detuvo un instante, el tenedor suspendido en el aire. Fingió limpiarse la boca para ocultar la emoción que le pasó fugaz por los ojos.

Al levantar de nuevo la vista, se topó con la mirada ansiosa de Alfonso. Solo asintió con la cabeza, con un tono tan formal que parecía una evaluación profesional.

—Está bien.

Alfonso no se rindió y siguió buscando alguna pista en el gesto de Sofía.

Pero por más que la observó, no logró encontrar ni un atisbo de emoción extraña.

Sin remedio, bajó la mirada, derrotado.

—¿Qué tienes? —preguntó Sofía, ladeando la cabeza con aparente inocencia.

Alfonso se veía apagado, pero aun así trató de esbozar una sonrisa y negó con la cabeza.

Santiago sentía que una mano invisible le apretaba el pecho, haciéndolo pasar un trago amargo.

No podía dejar de mirar la espalda de Sofía, como si temiera que desapareciera de nuevo.

Desde que firmó el divorcio, Sofía parecía haberse esfumado del mundo. No la volvió a ver ni por casualidad.

Aceptó la invitación de Isidora solo por los rumores que inundaban las noticias, como si al acercarse pudiera entender lo que pasó un año atrás. Lo que no esperaba era toparse con Sofía así, de frente.

Sofía y Alfonso, poco a poco, fueron relajándose. De vez en cuando, Alfonso lograba sacarle una sonrisa.

Esa escena, tan alegre, era como un puñal para Santiago.

—¿Hay vino? —preguntó de repente, rompiendo el silencio y sorprendiendo a todos.

Oliver fue el primero en reaccionar. Aunque no entendía bien la situación, llamó al mesero para que le trajera una copa a Santiago.

Después de beber, la confusión en los ojos de Santiago no se disipó; al contrario, se le notaba más triste.

Isidora, preocupada, se atrevió a intervenir:

—Santi, el vino no te hace bien.

Intentó quitarle la copa antes de que pidiera otra, pero Leonor le lanzó una mirada que la detuvo.

Una sola copa no era suficiente para perder la cabeza, pero Santiago parecía no escuchar a nadie. No apartaba la vista de Sofía, ni siquiera cuando le volaba un mechón de cabello.

Isidora por fin entendió. ¿Santiago estaba sufriendo por Sofía?

Apretó los puños bajo la mesa, sintiendo cómo la amargura le subía hasta la garganta.

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