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El Valiente Renacer de una Madre Soltera romance Capítulo 422

El sonido de la puerta resonó con fuerza. Apenas Alfonso cruzó el umbral, se topó de frente con la mirada levantada de Santiago.

Esos ojos seguían igual de profundos, pero ahora arrastraban un dejo de melancolía que antes no tenían.

Cuando reconoció a Alfonso, Santiago alzó la barbilla con un gesto desafiante, dejando que su presencia impusiera aún más.

—¿Últimamente no te despegas de Sofía, verdad? —soltó Santiago, su voz cargada de reproche antes de que Alfonso pudiera siquiera acomodarse.

Alfonso se dejó caer en el sillón de manera despreocupada, cruzando las piernas con actitud de quien no tiene nada que ocultar.

Frente a frente, los dos: uno joven, atractivo y desbordante de energía; el otro, sereno, con esa clase de temple propio de quienes han peleado muchas batallas en el mundo de los negocios.

—Por supuesto. Vine a Olivetto solo para buscarla. Ahora que la encontré, pienso estar a su lado hasta llevarla de regreso a Santa Fe —replicó Alfonso con desparpajo, echando los brazos detrás de la cabeza.

La sinceridad con la que Alfonso dejó claras sus intenciones solo hizo que el semblante de Santiago se ensombreciera aún más.

Entrecerró los ojos, y en su voz se coló un filo casi amenazante:

—¿Acaso olvidas que ella es tu cuñada?

—Tío, ustedes ya están divorciados, ¿o no? —Alfonso enderezó la postura, pero sin borrar esa media sonrisa cargada de picardía—. Y, si no me equivoco, yo conocí a Sofía antes que tú.

Inclinó la cabeza con un aire inocente, como si fuera incapaz de hacer daño alguno, aunque cada palabra era una daga directa al corazón de Santiago.

Apenas terminó de hablar, el carro se sumió en un silencio incómodo, tan denso que parecía haberse detenido hasta el aire.

Alfonso no se inmutó ante ese ambiente tenso; se encogió de hombros, manteniendo esa sonrisa irreverente.

De los tres que iban en el carro, Jaime fue quien más se alteró. Sus ojos iban de uno a otro, y el sudor ya le corría por la frente, pero ni se atrevía a limpiárselo.

Alfonso sostuvo la mirada de Santiago.

En el aire chocaban dos voluntades: la rebeldía indómita de uno contra la autoridad implacable del otro.

En el fondo, Alfonso ni siquiera sabía qué sentía exactamente. Solo sabía que, por alguna razón, quería desafiar a su tío.

De niño, había escuchado historias de ese tío lejano que vivía en Olivetto, y hasta lo había idealizado como un héroe misterioso. Pero ahora que sabía que Santiago era el exesposo de Sofía, toda admiración se le había evaporado.

Lo había buscado durante años, y nunca imaginó encontrarlo justo al lado de Sofía. Si Santiago hubiera tratado bien a Sofía, tal vez no tendría nada que reclamarle. Pero después de tanto tiempo, la chica alegre y optimista que recordaba se había vuelto insensible y distante. Y todo por culpa de esa gente. Por culpa de él.

Sin darse cuenta, había terminado del lado opuesto de Santiago.

Aunque ya estuvieran divorciados, estaba claro que Santiago no dejaba de pensar en Sofía.

Desde cualquier ángulo, seguían siendo rivales.

—Contesta el teléfono de la familia Castillo —dijo Santiago de repente.

Santiago no era de los que perdían el tiempo; aquel instante de silencio lo aprovechó para mandar un mensaje y hacer que llamaran a Alfonso.

La cara de Alfonso se endureció.

—¡Eso es bajo! —le lanzó, con los ojos encendidos de rabia.

Apenas escuchó la palabra “abuelo”, Alfonso quiso protestar, pero las palabras se le atoraron en la garganta.

Abrió la boca, pero no pudo decir nada.

Y desde el otro lado tampoco le dieron oportunidad de explicarse; la llamada se cortó de golpe.

—Tu... tu...—

La rabia terminó por apoderarse de Alfonso. Aventó el celular a Santiago, sin ocultar su molestia.

Santiago lo atrapó sin esfuerzo y, con toda calma, lo dejó a un lado.

—Santa Fe y Olivetto están a tres horas de vuelo —comentó, tan tranquilo que hasta Alfonso notó el tono de burla.

Alfonso apretó los dientes, y en sus ojos ya no quedaba ni rastro de ese chico dulce que Sofía solía ver, sino una furia contenida, desafiante y feroz.

—Santiago, si no eres capaz de tratarla bien, ¿por qué te molesta que otro sí lo haga?

Apenas soltó esas palabras, el corazón de Jaime dio un vuelco. Se quedó helado.

Dios, ¿cómo se atrevía el señor Castillo a hablarle así al presidente Cárdenas?

Con miedo, le echó un vistazo a Santiago. Ese rostro impasible solo transmitía una amenaza silenciosa.

—Eso no te incumbe. Eres un mocoso. No tienes derecho a meterte en asuntos entre ella y yo —gruñó Santiago, su voz tan grave y seca que hizo temblar hasta a Jaime.

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