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El Valiente Renacer de una Madre Soltera romance Capítulo 445

Se dejó caer sin fuerzas, abrazando sus propios brazos mientras se deslizaba hasta quedar en cuclillas junto a la pared.

Ya tenía casi cincuenta años. De no ser porque su hijo enfermó gravemente de repente y su nuera, presa del pánico, huyó dejando atrás a un nieto que apenas podía valerse por sí solo, debería estar disfrutando de la vida a su edad, no desgastándose con viajes y trabajos agotadores en Olivetto, como si fuera una bestia de carga.

El puesto que consiguió no estaba mal: pagaban bien, le daban alojamiento y comida, y la persona que la contrató dejó caer que quizá podrían ayudar a tratar a su hijo. Por eso, entre la desesperación y la esperanza, llegó a Olivetto sin pensarlo mucho.

Nunca imaginó que la persona a la que debía cuidar sería tan complicada, ni que todo el tiempo estaría buscando defectos en su trabajo, por pequeños que fueran.

Aun con el corazón hecho trizas, no tuvo más remedio que levantarse en silencio y buscar el botiquín de primeros auxilios, procurando no hacer ruido.

Cuando terminó de limpiar todo y recogió la basura con los restos de las curaciones, fue a tirarla al contenedor que estaba afuera.

Pero esta vez, algo distinto llamó su atención: un anuncio pegado en el muro. Antes ya había visto uno en ese lugar, pero estaba tan desgastado y roto que ni se distinguían las letras. Ahora, en cambio, alguien había colocado un cartel nuevo.

El letrero estaba intacto, y de inmediato reconoció la cara que aparecía en la foto.

—¿Eh...? —susurró, conteniendo la respiración.

Parecía un aviso de búsqueda, y en la foto estaba, sin margen de duda, su jefa: esa mujer tan exigente que no dejaba pasar nada.

Un escalofrío le recorrió la espalda y, de pronto, todas las dudas que había tenido se aclararon.

Con razón, aunque estaba embarazada, apenas se le notaba el vientre y nunca salía de la casa. Incluso para los chequeos prefería que el doctor fuera a domicilio, y siempre usaba cubrebocas durante las consultas, aun estando en casa.

Bajó la vista para intentar leer, aunque no sabía mucho de letras. Pero lo que sí pudo distinguir fueron unos números que la dejaron helada.

—Cuatro ceros... cinco ceros... ¡un millón!

Retrocedió unos pasos de golpe, cubriéndose la boca con la mano.

En sus ojos apareció un brillo inesperado.

El sueldo que ganaba era bueno, cierto, pero apenas superaba lo que ganaba la gente común en Villa Laguna. ¡Nada comparado con un millón de pesos!

El corazón le latía con fuerza. Temblando, miró a su alrededor, asegurándose de que nadie la estuviera viendo, y con manos titubeantes sacó su celular para tomarle foto a los datos de contacto del cartel.

Guardó el celular en el bolsillo, encogiendo los hombros, y regresó al departamento lo más rápido que pudo.

Apenas abrió la puerta, se topó con una cara molesta.

—¿Dónde estabas? ¿Por qué te tardaste tanto en volver?

Oliver, que ella no supo ni cuándo había regresado, la miró acusadoramente.

—Yo... salí a tirar la basura —balbuceó.

Oliver la escaneó de arriba abajo, deteniéndose un largo rato antes de dejarla pasar.

—La señora está embarazada y tú eres la única encargada de cuidarla. No puedes irte tanto tiempo.

Su voz era cortante, sin espacio para excusas.

Ella, encogiendo los hombros, asintió de inmediato:

—Sí...

Solo entonces Oliver apartó la mirada.

—¿Dónde está la señora?

Ambos se miraron con ternura, pero de pronto Leonor sintió que el estómago se le revolvía.

—¿Qué pasa? —preguntó Oliver, notando el cambio en su expresión.

—No es nada, debe ser el malestar típico —respondió ella, tratando de tranquilizarlo, aunque por dentro no se sentía bien.

Aferrándose al brazo de Oliver, murmuró:

—¿Y si la próxima vez mejor vamos al hospital para el chequeo?

Apenas terminó de decirlo, el gesto de Oliver se endureció.

—¡No!

La reacción tan tajante dejó a Leonor paralizada, y su cuerpo se tensó de inmediato.

Oliver se dio cuenta de que se había pasado, así que suavizó el tono, tratando de tranquilizarla:

—Como tú misma dijiste, el embarazo apenas empieza, y los chequeos tampoco muestran mucho en esta etapa. Además, ahorita no puedes dejarte ver fuera de la casa, es demasiado peligroso.

Aunque las palabras eran amables, los ojos de Oliver estaban llenos de seriedad.

Leonor sintió un nudo en el estómago.

Hace más de diez años le había dado un hijo a Oliver, en secreto. Ahora, después de tanto, por fin tenía la oportunidad de volver, pero él la hacía pasar por muerta ante todos. Y aunque llevaba otro bebé en el vientre, seguía viviendo a escondidas, como si fuera una fugitiva.

—¿Y hasta cuándo va a ser esto? —preguntó apenas en un susurro.

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