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El Valiente Renacer de una Madre Soltera romance Capítulo 452

Un vaso de agua terminó derramado sobre la mesa.

Maite tardó unos minutos en dejar de toser y recuperar el aliento.

Con los ojos abiertos de par en par, miraba asombrada al supuesto “duende” frente a ella. Luego, sin poder creerlo, volteó hacia Sofía, como si quisiera asegurarse de que no había escuchado mal.

Incluso la comisura de los labios de Sofía se contrajo un poco, incapaz de ocultar su sorpresa.

El “duende” parecía bastante asustado por la reacción tan extraña de ambas y se veía más temeroso que antes, pero aun así no se movió de su lugar.

—Yo… yo… —balbuceó, entrelazando las manos y apretándose los dedos, visiblemente nervioso. A pesar de todo, hizo el esfuerzo de levantar la mirada para verlas y, tartamudeando, preguntó—: ¿Puedo irme a casa contigo?

En ese instante, la expresión de Maite superaba cualquier palabra para describir el asombro; era como si estuviera presenciando algo sobrenatural.

Miró directo a Sofía, y sus ojos gritaban: “¿Desde cuándo tienes este tipo de habilidades?”

¿Era posible que en ese tren un desconocido, un duende de aspecto encantador, se hubiera rendido a los encantos de Sofía y ahora le pidiera irse a casa con ella?

Por más tranquila que intentara mantenerse Maite, la situación le parecía totalmente irreal.

Sofía esbozó una sonrisa apenada.

—Perdón, pero no nos conocemos.

—¡Sí te conozco!

El “duende” abrió los ojos con emoción, como si temiera que Sofía no le creyera, y corrió de regreso a su asiento.

Regresó con un bolso de cuero, elegante y antiguo, abrazado contra el pecho.

Al ver ese bolso, Sofía entrecerró los ojos, alerta.

Al principio pensó que era otra estafa, pero al descubrir de qué bolso se trataba, sus sospechas se desvanecieron.

Era un modelo clásico de la época colonial, de esos que solo circulaban entre la alta sociedad. Sofía había visto una reseña de ese bolso en la estantería de su abuelita.

—¡Mira!

Su español era torpe, pero sus ojos desprendían una sinceridad brillante.

Sofía, casi por instinto, dirigió la mirada a la mano que le extendía.

Allí tenía una foto del señor Herrera.

Al reconocer el contenido de la foto, Sofía sintió que el corazón le daba un vuelco.

Incluso se puso de pie de golpe y sujetó la muñeca del chico con fuerza.

—¿De dónde sacaste esta foto?

—Ay… me lastimas.

Su cara mostraba un gesto de dolor.

Sofía, dándose cuenta de lo brusca que había sido, retrocedió un paso y lo soltó.

—Perdón.

—No te preocupes.

—Me llamo Jasper. Tal vez no te acuerdes de mí, pero tú eres Sofía, ¿verdad?

Los ojos de Jasper brillaban claros como el agua.

A pesar de su español tan poco fluido, pronunció el nombre “Sofía” con una perfección que no era nada común para un extranjero.

Evidentemente, había practicado muchas veces ese nombre.

Sofía observaba a ese extraño que había llegado de la nada, sintiendo mil preguntas revoloteando en su interior.

Recordó que conoció a Esther Robles en un concierto importante. Se hicieron amigas gracias a su pasión por el piano, aunque nunca imaginó que la amistad crecería tanto. En aquel evento, justamente, Jasper fue la estrella de una gira mundial. Esther, después de desaparecer unos minutos, le trajo un autógrafo de Jasper.

Y ahora, su ídolo estaba ahí, en persona.

—Entonces… Jasper, ¿tu abuelo conocía a la abuelita de Sofía?

Maite señalaba a Jasper y luego a Sofía, sintiéndose mareada por todo lo que pasaba.

—Me acuerdo de ti.

Jasper miró a Maite y le sonrió con amabilidad.

Ese “me acuerdo de ti” hizo que Maite abriera los ojos como platos.

Ahora se señaló a sí misma.

—¿A mí?

—Ajá.

Jasper parpadeó, pero no parecía tener intenciones de seguir hablando del tema.

El ambiente entre los tres se volvió extraño, con una tensión difícil de describir.

Por suerte, el tren rápido llegó al final de su recorrido y el bullicio disipó la incomodidad.

Sofía y Maite se pusieron de pie para bajar, y Jasper no se separó de ellas, siguiéndolas de cerca.

Incluso al llegar a la salida de la estación, Jasper mantenía una distancia de tres pasos detrás.

Sofía se detuvo y se giró.

—Tal vez sí haya alguna historia entre nuestros abuelos, pero nosotros tres no nos conocemos. ¿Vas a seguirnos todavía?

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