—¿Qué pasó?
Sofía sintió el aliento cálido de Santiago sobre su cabeza y escuchó su voz grave. Se llevó la mano a la nariz, adolorida por el golpe, pero alzó la mirada de golpe.
Santiago y ella estaban tan cerca que apenas los separaba medio palmo.
Por la sorpresa, Sofía se echó hacia atrás de inmediato. Sin embargo, tras ese impulso, algo cruzó por su mente y sus ojos se volvieron filosos.
—¿Con este aguacero afuera, a dónde fuiste?
Santiago sostuvo su mirada desafiante, y apenas pudo, preguntó:
—¿Qué fue lo que pasó?
En ese momento llegó Maite, y al ver a los dos tan cerca, frunció el ceño. Sin dudar, jaló a Sofía tras de sí.
—¿Presidente Cárdenas, acaba de regresar?
Maite lo miró con desconfianza, atenta a cualquier movimiento.
Santiago entendió de inmediato que algo grave había sucedido.
Jasper llegó detrás, jadeando.
—Cuando salimos, ¿no seguías en el hotel?
—Iba a salir, pero empezó a llover y regresé.
Santiago contestó con voz cortante, aunque sus ojos solo buscaban a Sofía, como si le hablara solo a ella.
—Entonces, ¿dices que nunca saliste del hotel? ¿Notaste algo raro o escuchaste algún ruido? El niño que encontramos... desapareció.
—¿Desapareció?
El rostro de Santiago se tensó. Sabía que aquello era grave.
—Espérense aquí, voy a revisar las cámaras del hotel.
Sofía, al ver la determinación de Santiago, dudó un segundo, pero de inmediato lo siguió.
—Voy contigo.
—¡Yo también!
—¡Y yo!
Maite y Jasper se apresuraron tras ellos, temerosos de quedarse fuera de la acción.
Sofía miró a Santiago de reojo, y aunque él no parecía estar de acuerdo, no dijo nada y aceptó en silencio.
...
En menos de lo que canta un gallo, todos se encontraban dentro de la sala de vigilancia.
Sofía no tenía idea de cómo Santiago había conseguido acceso tan fácil a un sitio tan reservado. Quizá así era el poder de tener montones de billetes a la mano.
—Pásame las grabaciones desde las diez.
Las diez era justo la hora en que él se había ido del hotel y subido al carro.
—No adelantemos nada —intervino Santiago, mirando a Sofía con calma—. Pásenme las cámaras de la parte trasera.
Sofía hervía por dentro, pero sabía que perder la cabeza no arreglaría nada. Así que, apretando los dientes, siguió observando.
En la pantalla, el hombre de negro subía a Federico a la cajuela de un carro estacionado en la calle y arrancaba sin prisa.
—Detenlo ahí. Haz zoom —indicó Maite, recuperando su actitud de jueza mientras señalaba el monitor.
El operador cumplió la orden y lograron captar, aunque algo borroso, el número de placas.
—Voy a mandar las placas a Jaime. Le pediré que contacte a la administración de Villa Laguna para buscar al niño.
Santiago tomó el celular y marcó de inmediato.
Sofía guardó silencio. Aunque ya tenían las placas, la policía tardaría en reaccionar. Santiago era, sin duda, la mejor opción, aunque le costara admitirlo.
El tiempo corría y para Sofía, cada minuto valía oro. Ya había pasado la mitad del plazo acordado con los medios.
—Gracias —murmuró, apenas separando los labios.
Santiago apretó el celular, sus dedos tensos, y bajó la mirada como si nada pasara.
—No hay de qué.
Apenas terminó de hablar, del otro lado de la línea se escuchó la voz de Jaime:
[¿Qué pasó, presidente Cárdenas?]
Por un instante, los ojos de Santiago destellaron con una amenaza apenas contenida.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Valiente Renacer de una Madre Soltera