Todo era culpa de ella, por su culpa perdió el cariño de su esposo.
Retiró la mirada y se dirigió a la cocina.
—Luciana, en la noche cocina algo sencillo, como comida casera, ¿sí? Nada complicado. Ah, y todo lo que prepares lo dejo a tu gusto, pero ese pescado con verduras en sopa tiene que quedar delicioso.
Le dio unas cuantas indicaciones, pero de pronto recordó que había olvidado decirle a Oliver qué ingredientes quería.
—Hazme un favor, haz una lista de los ingredientes que necesitas y mándasela a Oliver. Él salió a comprar las cosas.
La empleada asintió varias veces, y después de eso, Ivana soltó un bostezo y se subió las escaleras para echarse una siesta.
...
Mientras tanto, Sofía recibía la mirada fulminante de Esther, llena de molestia.
Al ver la expresión de Esther, tan indignada y con ese aire de querer pelearse con el mundo, a Sofía se le escapó una media sonrisa.
—¿Ahora qué pasa?
—¿Por qué aceptaste? —Esther giró los ojos, fastidiada—. Eso de que el zorro le lleve regalos a la gallina seguro tiene trampa. ¿De verdad no te das cuenta de lo que quieren hacer?
—Exacto, aunque esta vez ir a la casa de los Rojas no sea peligroso, lo único que buscan es quedar bien contigo —añadió—. Si antes Ivana te trataba tan mal, ¿ahora de repente va a fingir que son madre e hija cariñosas? Seguro que Oliver la está empujando a hacer este teatro.
Maite también la miró, dejando claro que tampoco estaba de acuerdo.
Para ella, Sofía no tenía por qué seguirle el juego a la familia Rojas.
Una familia así, que solo sabe exprimir, mejor lejos que cerca.
—Como dicen, mientras más esperas, más te decepcionas.
Sofía les guiñó un ojo, y entre sus pestañas asomó un destello astuto.
En cuanto Esther captó esa mirada, se enderezó de golpe, y la molestia se le convirtió en una emoción mucho más divertida.
—¿Vas a jugarles una buena pasada?
—Ajá —Sofía arqueó la ceja, sin decirlo de forma directa.
—Oliver ahorita juega a que está bien con Ivana, pero todo es por la familia Santana. Quiere acomodar a Leonor y a sí mismo como sea. Pues no pienso dejarlo salirse con la suya. Entre más alto sueñe, más fuerte será el golpe cuando caiga.
Cada palabra la pronunciaba despacio, con los ojos brillándole de determinación, tanto que Esther y Maite no pudieron evitar sentir un escalofrío.


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