La mirada de Alfonso se volvía cada vez más profunda, como si en su interior se mezclaran corrientes que iban y venían.
Él estaba convencido de que no dejaba ver sus verdaderos pensamientos, pero justo esa persona, la única que quería que los notara, parecía no darse cuenta de nada. Y, para colmo, él no tenía ningún remedio para eso.
Suspiró en silencio, aunque por fuera seguía aparentando ese aire desinteresado que tanto lo caracterizaba.
—¿Y lo que andabas buscando? ¿Ya lo conseguiste?
Alfonso decidió cambiar de tema, fijando su mirada sobre Sofía con un brillo intenso en los ojos.
Sofía, sin levantar la vista, seguía revisando su celular con actitud despreocupada mientras contestaba:
—Ya lo tengo. Se lo voy a mandar primero a Esther y a las demás.
En cuanto terminó de hablar, la pantalla del celular mostró que la imagen ya había sido enviada. Al momento, Esther respondió con un “recibido”.
El gesto de Sofía se relajó, se notaba que al fin podía respirar tranquila.
Fue entonces cuando Alfonso ladeó un poco la cabeza y la observó con total seriedad.
—Hoy sí que no me soltaron ni un segundo.
—Es un dolor de cabeza lidiar con tanta gente metiche, y ni se diga de Isidora. Solo con platicar con ella me dan palpitaciones.
Se llevó la mano al pecho de manera exagerada, aunque sus ojos no dejaban de buscar la reacción de Sofía, parpadeando con picardía.
Sofía, por supuesto, entendía a qué iba toda esa actuación, pero aun así mantuvo el gesto serio. Se frotó la barbilla y dijo:
—Vaya, sí que te tocó pesado. Entonces, ¿por qué no te vas a descansar temprano?
Apenas terminó de decirlo, Alfonso puso cara de decepción. Sus hombros cayeron, y todo él parecía desinflarse.
—De plano, no entiendes indirectas.
Le lanzó una mirada de reojo, pero en cuanto Sofía le devolvió una mirada indiferente, Alfonso encogió el cuello y murmuró bajito:
—Aunque no haya hecho gran cosa, mínimo me merezco que me invites a comer, ¿no crees?
Por primera vez en toda la tarde, los ojos de Sofía se suavizaron y una sonrisa asomó en sus labios.
—Puede ser, pero hasta que pase esta racha de trabajo.
Aunque Alfonso todavía se sentía algo desilusionado, al menos no estaba tan mal como antes.
Recuperó el ánimo y giró el volante con decisión.
—Vámonos, hay que regresar al despacho.
...
Bufete Jurídico Rojas.
Apenas el carro se detuvo, Sofía vio la figura nerviosa de alguien esperando en la puerta.
Federico, justo en esa etapa en que los adolescentes pegan el estirón, estaba ahí parado. Aunque Sofía usaba tacones, Federico ya casi la alcanzaba en altura.
Ambos se miraron directo a los ojos, pero el muchacho, a pesar de su estatura, parecía mucho menos seguro de sí mismo.
—Sofi.
Federico la llamó, corriendo hacia ella y preguntando con apuro:
—Esther me dijo que ya tienes alguna pista sobre dónde están mis papás. ¿Es cierto?



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