En ese instante, una mano se posó sobre la cabeza de Sofía.
El calorcito se extendió desde su cuero cabelludo hasta el resto del cuerpo, y aquella tensión que tenía en la mente comenzó a desvanecerse sin que se diera cuenta.
La reacción de Alfonso la tomó por sorpresa, dejándola sin saber cómo actuar. Frunció el ceño y lo miró, encontrándose con la expresión satisfecha del hombre.
—Lo hiciste muy bien. Si algún día no estoy a tu lado, tendría que estar preocupado todo el tiempo de que alguien te quiera hacer daño.
Alfonso habló con una seriedad que caló hondo.
Desde que supo todo lo que Sofía había pasado en su vida, él sentía que protegerla era su única misión. A cualquiera que intentara lastimarla o tuviera cuentas pendientes con ella, Alfonso no dudaba en responder, usando los medios que fueran necesarios.
Sofía se quedó mirando esos ojos negros e intensos que, aunque brillaban, no tenían nada que ver con la mirada gélida de Santiago. Eran distintos, como la noche avanzando sobre el mar.
—Voy a buscar a Maite y Esther —dijo, sintiendo cómo su corazón retumbaba en el pecho, mientras el dolor de sus dedos clavados en la palma de la mano le recordaba que debía mantenerse firme.
Sin mirar atrás, Sofía giró y se marchó, tan rápido que parecía estar escapando de sí misma.
Alfonso no la siguió esta vez. Se quedó en cuclillas, con una chispa de nostalgia en el rostro.
Instintivamente, miró la palma de su mano. Todavía podía sentir el calor que Sofía le había dejado. Cerró los dedos en un intento de retener esa sensación, pero solo atrapó aire.
Alzó la vista hacia la ventana del despacho de Sofía. El cristal resplandecía, impecable, pero su silueta ya no estaba ahí.
Sabía que se había precipitado, así que, en vez de seguirla, decidió regresar a su carro.
El interior aún guardaba ese suave aroma, el mismo que había quedado en la ropa de Sofía.
Alfonso cerró los ojos, se recargó en el asiento y aspiró profundamente, como si quisiera guardar ese recuerdo para siempre.
...
Sofía apenas subió al segundo piso, se topó de frente con las miradas burlonas de Esther y Maite.
Sintió cómo la cabeza le daba vueltas. La relajación que había conseguido se rompió en pedazos.
—¿Qué pasó? ¿El señor Castillo no subió contigo? —preguntó Esther, ladeando la cabeza con una sonrisa exagerada, espiando hacia las escaleras.
Maite no pudo evitar soltar una carcajada a su lado.
Una sombra de fastidio cruzó la cara de Sofía.
Estaba claro que ambas habían visto todo lo que sucedió abajo entre ella y Alfonso.
—Ya, basta —gruñó, frotando la frente como si quisiera borrar el rubor de sus mejillas—. ¿Cómo va el análisis del mapa?
Al mencionar el tema serio, las dos dejaron de bromear.
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