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El Valiente Renacer de una Madre Soltera romance Capítulo 661

—Santiago, soy Sofía...

Nieve Urdiales tenía rondando en la cabeza las palabras que el doctor le había dicho hacía un momento. Carraspeó, se acomodó la voz y cambió por completo su tono.

Santiago, que apenas y había regresado de su ensoñación, se quedó completamente perdido.

—¿Sofía...?

Se quedó mirando a la persona frente a él, como si estuviera viendo a través de una neblina espesa. Nada tenía sentido. ¿Qué le estaba pasando?

Santiago intentó mantener la compostura, queriendo enderezarse, pero en cuanto estiró la mano para apoyarse en la pared, sintió una mano suave y cálida que lo sujetó.

—Ayúdame a caminar, Santiago.

—¿Sofía?

Santiago no apartaba la vista de esa figura. No lograba distinguirle el rostro, pero la voz... decía que era Sofía.

¿De verdad era ella? ¿O todo era parte de un sueño?

Santiago tambaleó y, con esfuerzo, apretó la muñeca de la mujer.

Tan delgada, tan suave...

Sofía...

Nieve Urdiales, al ver cómo Santiago iba perdiendo poco a poco el control, sintió una alegría desbordante. El doctor no le había mentido, el efecto del medicamento era justo lo que prometió.

—¿No te habías divorciado de mí? ¿No me habías dejado?

La voz del hombre salió ronca, cargada de una tristeza que le desgarraba el alma.

Nieve Urdiales se detuvo un segundo, sorprendida de ver esa expresión tan vulnerable en él. Luego, sin dudar, le jaló del cuello de la camisa.

—Soy yo, ya regresé.

—¿De verdad?

—Sí, de verdad.

En cuanto terminó de hablar, Nieve Urdiales se vio envuelta por el intenso aroma a tabaco que Santiago siempre llevaba encima.

Él la abrazó con fuerza, como si temiera que fuera a escaparse en cualquier momento.

—Eres tú... eres tú de verdad...

Murmuraba casi sin voz, mezclando dolor y amor en cada palabra.

—Sí, soy yo. He regresado, Santiago —Nieve Urdiales lo miraba con una intensidad desbordante, los ojos llenos de un fuego apenas contenido y una esperanza ansiosa—. Ahora puedes hacer conmigo lo que quieras.

Santiago apenas y la soltó, pero de inmediato volvió a abrazarla, como si quisiera fundirla con su propio cuerpo.

—Quédate conmigo para siempre, ¿sí? Los tres, tú, Bea y yo... seremos la familia más feliz de todo el mundo.

Nieve Urdiales se quedó helada al escuchar eso. Sintió algo húmedo y tibio en su cuello.

Llevó la mano a la piel, luego alzó la mirada y se encontró con el rostro de Santiago cubierto de lágrimas.

¿Estaba llorando?

Le había dado una dosis más fuerte de ese medicamento, y aun así, abrazando a la persona que más amaba, lo único que le importaba era que ella se quedara a su lado.

El corazón de Nieve Urdiales se encogió, el dolor la hizo apretar los dientes.

Tomó la mano de Santiago y la guió a su muslo, suave y provocadora.

—Santiago, no solo me quedaré contigo, también...

El hombre la miró con una intensidad distinta.

Nieve Urdiales quiso decir algo más, pero solo consiguió acercarse más a Santiago.

—¿Quién eres tú?

Su voz temblaba.

¿Qué acababa de hacer?

Nieve Urdiales, que ya saboreaba la victoria, no podía creer lo que veía. Santiago se había detenido.

No podía ser...

Miró detenidamente a Santiago, vio que sus ojos seguían perdidos.

Eso significaba que no había recuperado la razón, ¿entonces cómo supo que ella no era Sofía?

A Nieve Urdiales se le borró hasta la sonrisa.

—¿De qué hablas? Soy Sofía, Santiago, soy Sofía...

Alargó la mano para atraerlo.

No podía fallar ahora...

Se mordió el labio, decidida a ir hasta el final.

Santiago sentía como si fuera a derretirse, pero en lo más profundo de su ser, sabía que esa mujer no era Sofía.

Sofía nunca había olido así de dulce.

Ella siempre había tenido un aroma sutil, como un té de jazmín, fresco. Después de salir de prisión, se volvió más distante, con un dejo de amargura.

Esta mujer no era Sofía.

Aun así, la sensación de vértigo no lo abandonaba. Todo giraba a su alrededor, como si una fuerza invisible lo arrastrara hacia esa niebla que lo envolvía...

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