—¡Pum!—
Santiago descargó el puño contra la pared.
El dolor subió por su brazo, punzante hasta taladrarle la cabeza.
—¿Nieve Urdiales?
Apenas lograba mantenerse en pie, apoyado en la pared, mientras le clavaba la mirada a la mujer frente a él, con una rabia que le apretaba los dientes.
Nieve Urdiales lo miraba atónita. Sus ojos se fijaron en la mano de Santiago.
Era justo la mano donde le habían puesto el suero. Ahora, una enorme costra rota sangraba, la sangre chorreando por su antebrazo.
¿En serio prefería mutilarse antes que pasar una noche con ella? ¿Le disgustaba tanto la idea, que era capaz de herirse así?
Por primera vez, Nieve Urdiales sintió una humillación que no tenía comparación.
—Lárgate.
Santiago jadeaba, parecía un lobo herido, listo para morder pese a todo el dolor.
Nieve apretó los labios con fuerza, dos lágrimas rabiosas se deslizaron por sus mejillas.
—¿Por qué? ¿Qué tiene Sofía que yo no? ¡Hasta me hice pasar por ella, y ni así me tocaste!
Su voz se quebró. Gritó, desbordada, mientras su mundo se venía abajo.
...
Justo afuera, Sofía se detuvo en seco.
La anciana la miró de reojo.
—Mejor regresa a descansar, ¿no?
Sofía apretó los labios.
—Vamos a entrar. Si pasa algo, hay que estar ahí.
—Clic—
La anciana abrió la puerta desde afuera.
El odio que cubría el rostro de Nieve se congeló. Giró la cabeza, impactada.
La anciana se plantó en la entrada, el ceño fruncido como si el peso del mundo le hubiera caído encima.
—Ponte la ropa.
Su tono era pesado, la mirada, oscura.
Solo entonces Nieve cayó en cuenta de su situación. Tomó la sábana de la cama y se la sujetó al cuerpo, todavía temblando, y observando a las dos recién llegadas con ojos extraviados.
La anciana echó un vistazo al desastre de la habitación y, por un instante, pareció envejecer diez años de golpe.
—Llamen a otro médico para que lo atienda.
Su orden salió grave.
Sofía no mostró expresión, aunque notó que, desde que ella entró, Santiago no había dejado de clavarle la mirada, ardiendo, como si solo existiera ella en el mundo.
Llevaron a Santiago a la habitación contigua para revisarlo. Apenas la empleada intentó ayudarlo a caminar, él la apartó de un manotazo.
—¿Cómo dices?
Por primera vez, el rostro siempre sereno de Liam se desfiguró por el susto.
Sofía, que hasta ese momento había fingido indiferencia, también palideció al escuchar. Sus facciones se crisparon.
—¿Qué pasó? ¿Cómo que desaparecieron los dos de la nada?
[Yo... yo...] Antonio tartamudeó, y luego, en un arranque, confesó: [¡Fue mi culpa! Te mentí, salí por mi cuenta a jugar, no pensé que pasaría nada, pero apenas volví, ya no estaban.]
[Acabo de revisar las cámaras de seguridad. Se ve a alguien vestido como repartidor pararse en la entrada, y después se los lleva.]
Antonio hablaba tan rápido que casi no se le entendía, desesperado, como si quisiera arreglar el desastre con solo palabras.
Él sabía perfectamente lo importantes que eran esas dos personas para Sofía.
Se sentía miserable, ¿por qué justo en ese momento se le ocurrió salir? ¡Qué estupidez!
Antonio bajó la cabeza y se dio un golpe en el pecho, arrepentido hasta los huesos.
—¿Y ahora de qué sirve eso?
De repente, escuchó un bufido a su lado.
Giró, encontrándose con Esther, que lo miraba con desprecio. Detrás de ella, Maite observaba seria, con la mirada dura como el acero.
—¿Esther? ¿Ya llegaste? Revisa bien las grabaciones, nosotros vamos para allá.
Sofía, atenta, distinguió los ruidos y voces en el celular y le arrebató el teléfono a Liam, lanzando la orden.

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