Isidora observó detenidamente cada reacción de Santiago, no se le escapó el destello de admiración, aprobación y anhelo en su mirada.
Eso era justo lo que ella había deseado con todas sus fuerzas conseguir cuando fingía ser otra persona. Pero ahora, Santiago dirigía todos esos sentimientos sin reservas hacia Sofía.
Un hormigueo de celos le recorrió el pecho a Isidora, como si una colonia de hormigas estuviera devorándole el corazón.
—Ejem, ejem—
De repente, una tos masculina y profunda rompió el silencio que reinaba en la sala.
Todos giraron la cabeza hacia el lugar de donde provenía el sonido.
Alfonso se cubrió los labios y parpadeó.
—No me vean así, creo que me dio gripe —dijo con tranquilidad, bajando la mano, aunque sus ojos buscaron y se encontraron en el aire con los de Santiago, atravesando a todos los presentes.
Santiago arrugó la frente; pudo percibir una ligera hostilidad proveniente de su sobrino. Ese detalle le molestó, pero, considerando la situación, decidió no armar un escándalo.
Sofía se apartó también, quitando la mirada de Santiago y esbozando una sonrisa para Olivia.
Sin embargo, como Olivia seguía agachada y presionada contra el suelo, la mirada de Sofía cayó sobre ella, como si la mirara desde lo alto, con cierta superioridad.
—Olivia, no pienso perdonarte. La familia Ardila logró sacarte bajo fianza, pero eso no significa que puedas dormir tranquila.
El tono de Sofía era tan seco que helaba la sangre; aunque no mostraba emoción alguna, sus palabras eran afiladas como cuchillos.
Olivia, incapaz de aguantarse más, alzó la cabeza desafiante.
—¿Qué estás insinuando?
—No insinúo nada. Mi Grupo Rojas no necesita colaborar con la familia Ardila. Y si decido exigirte responsabilidades, nadie podrá detenerme.
La mirada de Mirella titubeó mientras clavaba los ojos en el rostro de Sofía.
Por fin entendió: Sofía no solo era lista, también era una fiera, una loba que jamás perdonaba una ofensa.
Mirella se fijó en la sonrisa de Sofía. En ese momento, esa sonrisa se le antojó como una daga lista para cortar gargantas.
Jamás imaginó que Sofía terminaría usando la cumbre financiera como moneda de cambio.
Un escalofrío le recorrió el cuerpo. Por primera vez, Mirella tuvo la certeza de que desde el principio había caído en la trampa de Sofía.
—Llegado el momento, solo le pido, directora Ardila, que ceda algunos puntos a la familia Santana.
Una muy tenue curva se dibujó en la comisura de los labios de Sofía. Su belleza era innegable, pero a Mirella le daban ganas de rechinar los dientes de pura rabia.
El centro político de San Javier no tenía el mismo desarrollo económico que Santa Fe. Aunque la familia Ardila era de las más poderosas en San Javier, en Santa Fe no era tan relevante.
Su idea original era aprovechar la cumbre financiera para hacer que la familia Ardila diera un salto y, quizás, mudar la sede principal hacia Santa Fe. Pero ahora…
Mirella miró a Olivia con amargura, furiosa por su necedad y falta de juicio.

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