Al notar el movimiento de Sofía, Santiago sonrió con amargura en su interior.
Qué poco confiaba ella en él, a pesar de que ya le había prometido que no lucharía por la custodia de Bea.
—Al menos quiero verla todos los meses.
Al escuchar esta petición, Sofía suspiró visiblemente aliviada.
—Una vez.
Respondió con frialdad, cediendo al final.
Si tuviera que ser fiel a sus sentimientos, preferiría que no se volvieran a ver en la vida.
Pero...
Sofía bajó la mirada hacia la niña en sus brazos. Bea observaba a Santiago con curiosidad, agitando sus manitas regordetas en el aire como queriendo alcanzarlo.
En realidad, Santiago tenía razón.
El padre de Bea no estaba muerto. Había un lazo de sangre, y no estaba bien impedir que se relacionaran para siempre.
Una vez al mes era su concesión.
Santiago sintió que Sofía cedía, pero aun así sonrió con amargura:
—Sofía, deberías ser un poco más razonable.
—Dos veces, como máximo.
Sofía tensó el rostro, con una actitud que dejaba claro que si no aceptaba, se cancelaba todo.
Santiago no tuvo más remedio que aceptar.
—Si no hay nada más, presidente Cárdenas, le ruego que se retire. Tenemos que desayunar.
Sofía se dio la vuelta para irse con Bea en brazos, pero Santiago no pudo evitar llamarla:
—Antes de irme, déjame cargarla un momento, ¿sí?


VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Valiente Renacer de una Madre Soltera