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El Valiente Renacer de una Madre Soltera romance Capítulo 819

El segundo piso del reservado era mucho más espacioso y, sin duda, más elegante que el primero.

Aunque el sonido del piano era melodioso y agradable, Sofía no podía evitar sentirse irritada al sentarse.

Quizás era por la compañía.

Rafael, con los ojos entrecerrados, posó su mirada en ella mientras sus largos dedos sostenían un menú refinado.

—¿Quieres tomar algo? El café de aquí es aceptable, pero el pastel de frambuesa es bastante bueno. Creo que te gustará.

Diciendo esto, intentó pasarle el menú, pero Sofía ni siquiera lo miró y lo empujó de vuelta.

—Un café normal, cualquiera está bien.

Rafael no se movió, y el mesero que había llegado para atenderlos percibió la incomodidad en el aire, quedándose quieto sin atreverse a decir nada.

En comparación, Sofía parecía mucho más tranquila. Levantó la vista y clavó sus ojos en Rafael:

—¿Qué pasa? ¿Acaso el presidente Garza no puede pagar un simple café normal?

Al escuchar esto, los ojos de Rafael, que solían tener un brillo coqueto, destellaron por un instante antes de llenarse de risa:

—Tráiganle uno de la casa y también una porción del nuevo pastel de frambuesa. Para mí, lo de siempre.

Entregó el menú al mesero con caballerosidad y, una vez que este se alejó, cruzó los dedos sobre el pecho.

—Solo un café... Parece que no tienes ganas de platicar mucho conmigo.

Sofía apoyó la cabeza en una mano, revisando su celular con aburrimiento:

—Deberías saber a qué vine.

La sonrisa de Rafael no cambió:

—¿Tú también crees que yo orquesté todo y di las órdenes?

Hizo una pausa y relajó el tono:

—Sofía, nos conocemos desde hace mucho. Deberíamos tener un mínimo de confianza, no puedes creer todo lo que dicen los demás. Además, vi toda la transmisión de tu conferencia de prensa de Grupo Santana en Santa Fe, y ni siquiera me mencionaron. ¿Cómo puedes culparme antes de tiempo?

Suspiró, mostrando una expresión de decepción y soledad.

Sofía observó su actuación hipócrita y puso los ojos en blanco internamente, aunque su rostro mantuvo la frialdad.

—Rafael, tú lo sabes mejor que yo. Claro, no es algo imperdonable, pero quiero saber: la señora Blanco está en tus manos y tenemos una colaboración vigente. ¿Por qué tenías tanta prisa por actuar?

Inclinó la cabeza, mirando fijamente a los ojos de Rafael, ignorando cualquier cortina de humo que saliera de su boca.

Rafael se recargó en el respaldo y sonrió con resignación:

—Veo que estás segura de que fui yo.

¿Qué estaba pasando?

El mesero que traía el café y el agua se detuvo no muy lejos, cruzando miradas con su compañero, dudando si acercarse.

Justo en ese momento, Rafael los vio y les hizo una seña sonriendo.

El mesero no tuvo más remedio que acercarse:

—Sus cafés y el postre.

Tras servirles, se alejó a toda prisa con la bandeja, casi huyendo.

—Mira, hasta ellos se asustaron con tu frialdad.

Rafael suspiró, con una sonrisa radiante en el rostro mientras agitaba su café con calma:

—¿No puedes tratarme con un poco más de amabilidad? Como antes.

Sofía resopló:

—¿Antes? ¿Acaso no te traté lo suficientemente bien antes? ¿Y qué obtuve a cambio?

Sopló su café y dio un pequeño sorbo, evitando la mirada penetrante de Rafael.

Ante estas palabras, la leve sonrisa de Rafael desapareció sin que se notara, reemplazada por una expresión seria y solemne.

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