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El Valiente Renacer de una Madre Soltera romance Capítulo 833

De repente, Sofía se dobló de la risa, perdiendo toda su compostura habitual.

El contraste repentino desconcertó a Elisa, cuyo rostro se tiñó de rojo por la irritación.

—¿De qué te ríes? ¿No tienes miedo de que le cuente a todos?

Estaba furiosa.

Sofía soltó su agarre.

La presión en el cuello desapareció, pero Elisa no entendía qué estaba pasando.

—¿A quién se lo quieres contar? ¿Y qué les vas a decir? —preguntó Sofía cruzándose de brazos, mirándola con tranquilidad.

Elisa sentía que la mujer frente a ella era increíblemente difícil de manejar. En la cárcel, ella era quien intimidaba, y se negaba a perder esa superioridad ahora.

—A tu ex marido, a tu familia... A todos. Les diré que eres una mujerzuela que nos avergüenza a todas las mujeres. Con razón el presidente Cárdenas te dejó; una mujer como tú, con antecedentes, nadie la querría.

—¡Jajaja!

Sofía se rio de nuevo, sacó su celular y deslizó el dedo rápidamente por la pantalla.

Elisa la miró confundida:

—¿Qué haces?

Sofía alzó una ceja, mostrando la pantalla de llamada:

—¿No querías decirle a mi ex marido? Yo misma te comunico.

Elisa bajó la vista y vio el nombre «Santiago» en letras grandes.

Sofía la miraba desafiante, invitándola a proceder.

Elisa se quedó helada.

«¿Está loca? ¿Acaso esto es algo de lo que estar orgullosa?».

Mientras ella seguía pasmada, Flora ya había notado que algo no cuadraba. Si Sofía actuaba con tanta franqueza, no podía ser verdad lo que Elisa insinuaba. Era pura difamación.

—¡Pues llamo! —Elisa, en un arranque de furia, le arrebató el celular a Sofía y presionó el botón de llamar.

—Biiip...

Apenas al primer tono, contestaron.

—¿Sofía? ¿Por qué me llamas de repente?

—Habla.

Una sola palabra. Cortante.

«Típico de un presidente», pensó Elisa, secándose el sudor de la frente.

—Mire, desde que se divorció de usted, Sofía no perdió el tiempo y se consiguió otro patrocinador. ¡Es una falta de respeto hacia usted!

Elisa exageró la nota, usando un tono teatral.

Sofía no hizo nada por detenerla; incluso intercambió una sonrisa cómplice con Flora, disfrutando del espectáculo.

Elisa, ajena a esto, se sintió animada y siguió echándole tierra a Sofía con entusiasmo.

—Sofía, ¿estás ahí?

Después de que Elisa soltara su perorata y se sintiera aliviada, esperando la ira de Santiago, lo único que obtuvo fue esa pregunta suave del hombre.

Sofía se sorprendió un poco, pero recuperó la calma enseguida:

—Ajá.

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