—Presidente Cárdenas, alguien quería darle la exclusiva sobre mi vida y le di la oportunidad. ¿Escuchó bien? ¿Necesita que se lo repita?
Sofía preguntó con amabilidad sarcástica.
—No hace falta.
—Tú... devuélvele el celular.
La voz del hombre seguía siendo fría, pero al referirse a «ella», parecía adquirir un matiz extrañamente suave.
Elisa sintió que la extrañeza volvía a invadirla.
A regañadientes, le pasó el celular a Sofía.
—Además, si un patrocinador realmente pudiera retenerla, me gustaría mucho ser yo esa persona.
Santiago soltó esa frase, dejando atónitas tanto a Elisa como a Sofía.
«¿Qué demonios acaba de decir?».
Sofía frunció el ceño:
—Si no hay nada más, cuelgo.
Sin esperar respuesta, cortó la llamada sin dudarlo.
Tenía el corazón un poco acelerado, pero lo disimuló perfectamente.
Se giró hacia Elisa:
—¿Y bien? ¿Algo más que quieras decir?
Elisa estaba pálida, mordiéndose el labio de la rabia, incapaz de articular palabra.
«¿No que Santiago era el hombre más poderoso de Olivetto? ¿Por qué es tan patético frente a Sofía?».
Se moría de coraje. Miró a Sofía con odio.
«¿Qué clase de brujería tiene esta mujer para retener el corazón de un hombre del que ya se divorció?».
—¡Me voy!
Al ver que no iba a ganar, Elisa puso cara larga y se dio la vuelta para irse.
Sofía fue más rápida y volvió a agarrarla del cuello de la ropa.
Elisa intentó soltarse frenéticamente, pero sintió como si una garra de hierro la sujetara; no podía moverse.
Se giró para mirar a Sofía con furia:
—Ya llamaste, ¿qué más quieres?
Sofía puso cara de inocencia:

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