El corazón de Flora saltaba de alegría.
Sofía notó la satisfacción sencilla de Flora y la miró con aún más dulzura.
—¡Sofi!
Federico, que estudiaba en una oficina de la planta baja con la puerta abierta, escuchó el alboroto en el vestíbulo y vio a Sofía de inmediato.
Llevaba tiempo sin verla, así que corrió emocionado hacia ella. La maestra no pudo detenerlo y lo siguió con cara de disculpa.
—Lo siento, presidenta Rojas.
Estela cruzó las manos frente a su vientre y se inclinó levemente ante Sofía.
Sofía agitó la mano, restándole importancia.
—Federico, es hora de estudiar, ¿eh? —Le guiñó un ojo al niño.
Federico, que la extrañaba demasiado, hizo un berrinche por primera vez:
—Sofi, un ratito más, ¿sí? Estudio al rato.
Maite intervino:
—El estudio puede esperar un poco, hace mucho que no se ven.
Sofía apretó los labios, pensando que tenían razón, así que no insistió y dejó que el niño se quedara con ella.
—Ah, por cierto, casi se me olvida. Ella es la maestra particular de Federico, dará las clases aquí en la empresa, así que la verán seguido.
Sofía presentó a Estela sonriendo.
Pero esta vez, Flora no le sonrió como a Maite y Esther; al contrario, la miró con una expresión extraña.
—Señorita Palacios, ¿tengo algo en la cara?
Estela se tocó la mejilla con incomodidad.
Flora se mordió el labio y luego negó con una sonrisa:
—Es que es usted muy guapa, me quedé embobada.
Estela se sorprendió y se cubrió media cara con timidez:
—Qué amable es usted, señorita Palacios.
Esther abrió los ojos como platos y refunfuñó:
—¿Qué onda? ¡A nosotras no nos chuleaste así! ¡Qué favoritismo!


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