Sofía señaló a los policías que esperaban en la puerta.
El rostro de Brígida estaba pálido como el papel; sentía que el alma se le escapaba del cuerpo.
Ya era una mujer mayor, ¿cómo iba a ir a la cárcel?
¡Si pasaba un tiempo en ese lugar, se moriría!
En su momento, Sofía era la señora bien cuidada del presidente Cárdenas, a quien nunca le faltó nada, y aun así, cuando salió de prisión, estaba tan delgada como una hoja de papel, casi a punto de desvanecerse con el viento, con esa cara sin color y una cicatriz larga. Solo de verla daba miedo.
¿Qué sería de ella si le pasara lo mismo?
Brígida se estremeció y apretó los dientes:
—¡Está bien! ¡Estoy dispuesta a pagar la deuda!
Sofía levantó la barbilla y arrojó el bolígrafo frente a ella.
—Firma.
Brígida lo tomó con el brazo tembloroso, se apoyó sobre la mesa de centro y estampó su firma en aquella cláusula de precio exorbitante.
En cuanto terminó de escribir su nombre, perdió todas las fuerzas y cayó al suelo.
Sofía le echó un vistazo, le quitó el documento de la mano sin esfuerzo y se volvió hacia Maite.
Maite entendió de inmediato, llevó el papel a la impresora y sacó tres copias calientes.
Sofía le tiró una a Brígida y le entregó otra al oficial a cargo:
—Oficial, disculpe las molestias, ya hemos resuelto esto aquí.
El policía se quedó mirando el rostro de Sofía por un momento, atontado, hasta que su compañero le dio un codazo. Reaccionó, tomó el papel y sintió cómo se le ponían rojas las orejas.
—¡Muy bien! ¡No es molestia! Señorita Sofía, cualquier cosa puede contactarnos directamente.
Sonrió, mostrando dos hileras de dientes blancos.
Sofía le devolvió una sonrisa cortés.
—Sin embargo, Brígida aún debe acompañarnos a la comisaría. Aunque haya un acuerdo, necesitamos seguir el procedimiento y que firme allá.
El policía, que ya caminaba hacia la puerta, se detuvo y se giró al recordarlo.
Brígida no quería quedarse ni un segundo más; con las piernas temblando, salió voluntariamente con los oficiales.
***
Al mismo tiempo, Esther Robles estaba agazapada furtivamente en un rincón de la Torre Garza; había elegido un punto ciego de las cámaras de seguridad.
—¿Bueno? ¿Dónde estás? Ven a meterme.
Habló por teléfono con tono urgente.
Poco después de colgar, una figura sumamente nerviosa llegó trotando detrás de ella.
—Ya distraje a los demás, ven rápido.
El hombre miraba cautelosamente a su alrededor y le hizo señas a Esther.
Entraron por la puerta de empleados y pronto aparecieron en una sala llena de instrumentos de precisión.
Los ojos de Esther brillaron con intensidad.
¡El Grupo Garza hacía honor a su fama como la segunda empresa más grande de Olivetto!
Emocionada, empezó a tocar todo, lo que asustó al empleado que la había dejado entrar, quien la detuvo apresuradamente.
—¡Señorita Robles! ¡No toque esas cosas a lo loco!
Se veía muy nervioso, y solo se relajó al ver que ella no había roto nada.
—¿De qué te asustas? Nadie se va a dar cuenta. Además, te busqué para familiarizarme con el lugar primero.
Esther respondió distraídamente, con la barbilla apoyada en la mano, mientras sus dedos se movían velozmente sobre los botones de los instrumentos.


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