—Sofía, ¿me lo traes tú o entro yo con mi gente por él?
Su tono era amenazante, pero la mirada de Sofía era sorprendentemente fría.
—Rafael, esto es allanamiento de morada. Una demanda mía y estás acabado.
Sus ojos brillaban con una luz gélida y sus labios apretados formaban una línea recta.
—Ah, lo olvidaba, tengo enfrente a la licenciada Rojas.
Rafael fingió sorpresa, pero en sus ojos no había ni pizca de miedo; al contrario, sus gestos exagerados estaban cargados de ironía.
Esther, parada a un lado, no pudo soportar más su arrogancia y estalló en gritos: —Rafael, ¿quién te crees que eres? ¡Te sientes muy importante, pero aunque entres, no creas que vas a conseguir nada!
Rafael no esperaba que, a estas alturas, Esther se atreviera a gritarle. Su mirada se oscureció, llenándose de peligro al instante.
—¡Rápido! ¿No comieron hoy o qué?
Rafael gritó, lanzando una mirada furiosa a los hombres que intentaban derribar la puerta.
Sofía sujetó el brazo de Esther, indicándole que no siguiera provocándolo.
Esther respiraba agitadamente por la rabia, pero tuvo que morderse la lengua para reprimir su furia.
—¿Qué hacemos? La puerta no va a aguantar mucho más.
Miraba con preocupación la entrada del patio.
—Todavía aguanta un poco, el material que elegí era el mejor.
Sofía se calmó y su cerebro comenzó a trabajar a toda velocidad.
—Pero no podemos seguir así, eventualmente la abrirán. —Esther dejó de preocuparse y al levantar la vista y ver la cara de satisfacción de Rafael, volvió a apretar los dientes: —¡Mira qué arrogante es! ¡No es más que el segundón de Olivetto y ya no le importa ni la ley!
Se quejó furiosa.
Rafael lo vio todo y ya estaba pensando en cómo le daría una lección a Esther en cuanto abrieran la puerta.
Sofía apretó la mano de Esther pidiéndole calma.

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