Sofía miró fijamente a los ojos de Ivana, viendo cómo se desmoronaba cada vez más, su pecho subiendo y bajando mientras jadeaba desesperadamente buscando aire.
—¡Señora!
Una empleada con buenos reflejos gritó y corrió a sostenerla.
¡Ivana Santana se había desmayado del coraje!
El pánico se apoderó de la familia Rojas, y el doctor de la familia fue llamado de emergencia.
La cena quedó completamente arruinada. Oliver Rojas miraba con rostro lívido cómo el doctor examinaba a Ivana en el suelo.
¡Esa idiota, siempre arruinando sus planes!
Sofía no se movió. Con el ceño fruncido, miró a Ivana, que parecía un esqueleto andante. Tirada sobre las baldosas pálidas, el color de su rostro apenas se distinguía del piso.
Sofía sintió una punzada de alarma en el corazón.
¿Cómo una persona saludable había terminado en ese estado?
Recordó la extraña reacción de Ivana de hacía unos momentos y frunció el ceño aún más.
—¿Cómo está?
Isidora, al ver que el doctor guardaba sus instrumentos, se acercó nerviosa, lanzando una mirada disimulada a Sofía.
—Sus emociones la alteraron y afectaron su corazón y pulmones.
El doctor negó con la cabeza indicando que no era letal, pero su tono se volvió severo:
—El cuerpo de la señora está muy deteriorado. Tanto física como mentalmente está en un estado muy frágil. Cualquier alteración emocional fuerte podría hacer que entre en shock.
Los ojos de Sofía se abrieron con sorpresa.
Ivana rondaba los cuarenta o cincuenta años, ni siquiera era tan mayor. ¿Cómo era posible que una simple alteración emocional pudiera llevarla a un estado de shock?
Su mirada se oscureció, deteniéndose en el cuerpo de Ivana repetidas veces.
—Sofía, en el fondo, tu madre te ama, solo es orgullosa. Como nunca estás a su lado, lo pasa muy mal.
Oliver, notando la reacción de Sofía, suspiró pesadamente.
Sofía sintió una extraña inquietud. Al escuchar las palabras de Oliver, frunció aún más el ceño.
—Sí, hermana. ¿Por qué no te quedas en casa un tiempo? Hazle compañía a mamá. A veces es difícil y tiene la lengua afilada, pero siempre te ha amado.
Isidora también se unió a las súplicas.
El doctor, acomodando su maletín, miró a Sofía.
—Si pudiera hacerle compañía a la señora, sería muy beneficioso para su recuperación.
Sofía miró a los tres y apretó los labios.
—Hermana, ahora mamá solo nos tiene a nosotras.

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