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Embarazada de tu rival: Ahora soy la Señora Fonseca romance Capítulo 6

Su jefe provenía de un linaje ilustre, era un magnate empresarial, poseía un historial académico envidiable y habilidades de combate letales. Por si fuera poco, era ridículamente apuesto y mantenía una vida personal intachable. Era como una flor en la cima de una montaña inalcanzable. Multitud de mujeres habían intentado de todo para conquistarlo, pero él jamás les daba la más mínima oportunidad.

Luis volvió a poner el teléfono en su oreja y dijo:

—Lo siento, Señorita Natalia. El Señor Fonseca tiene la agenda llena...

Cuando Iris salió del restaurante, ya era tarde en la noche.

El frío primaveral calaba hasta los huesos.

Se estremeció, ajustándose el abrigo de lana sobre los hombros, pero de repente el mundo empezó a darle vueltas y una oleada de mareo la invadió.

Sacó el celular para llamar a un chofer, pero por error marcó el número de Fabián. La respuesta fue una voz dulce y empalagosa.

Bárbara habló con un tono cargado de burla y superioridad.

—Iris, te sugiero que no lo esperes despierta. Fabián me está celebrando mi graduación. No te imaginas lo detallista que es. Sabía cuánto me gustan...

*Así que se había ido corriendo por Bárbara.*

Iris usó su última gota de energía para colgar. Su cuerpo cedió y comenzó a resbalar por la barandilla cuando, de pronto, sintió un calor sólido en su cintura y unos brazos fuertes que la sostenían.

Se dio cuenta de que la estaban abrazando y captó un inconfundible aroma a madera de pino y frescura gélida. Abrió los ojos de golpe y se encontró con un rostro masculino de facciones perfectas.

—¿Señor Fonseca?

Iris se clavó las uñas en las palmas para mantenerse consciente e intentó apartarse.

Pero apenas sus manos tocaron el pecho de él, Xavier pareció entender y dio un paso atrás, deslizando sus manos desde su cintura hasta sus codos para sostenerla.

Ese gesto la alivió inmensamente.

Pero cuando él la soltó por completo...

Sus piernas flaquearon y, por puro instinto, se aferró al brazo de Xavier.

Sentía frío y calor a la vez, su visión se nublaba y su mente estaba sumida en la confusión. Temiendo desmayarse en cualquier segundo, le suplicó:

—Señor Fonseca, ¿podría llevarme al hospital más cercano? Está a solo dos calles.

Al notar la expresión rígida del hombre, suplicó con urgencia:

—Por favor, me siento muy mal.

Él frunció el ceño y clavó sus profundos ojos oscuros en ella durante un par de segundos, como si estuviera evaluando si decía la verdad.

Inconscientemente, ella apretó con más fuerza la tela de su manga.

De pronto, la imponente figura de Xavier se inclinó. Sintió cómo un brazo musculoso se deslizaba detrás de su espalda y otro por debajo de sus rodillas.

Al verse levantada en el aire, se aferró a su cuello para no caer. Podía sentir el calor de sus músculos tensos a través de la delgada tela de la camisa, emanando una energía abrumadora y ligeramente peligrosa que la hizo sentir vulnerable.

Levantó la vista y notó que él mantenía una expresión severa, con la espalda recta y ligeramente inclinada hacia atrás, como si intentara mantener la mayor distancia posible entre sus cuerpos.

Rápidamente retiró las manos y bajó la mirada.

—Gracias.

Xavier caminaba con paso rápido y firme, y en pocos minutos la dejó en la sala de urgencias.

Al ver las batas blancas de los médicos, la tensión abandonó el cuerpo de Iris y finalmente se desmayó.

Antes de perder el conocimiento, alcanzó a ver que Xavier intentaba marcharse, pero el personal médico lo retenía.

*¿Por qué tenía que deshacerse de algo hermoso solo porque su marido era una basura?*

Pero verla solo le recordaría cómo sus sentimientos habían sido pisoteados.

Al notar que Xavier tenía los ojos fijos en el objeto, se le ocurrió una idea:

—Señor Fonseca, le agradezco mucho que me haya traído al hospital. Si no le molesta, me gustaría darle este pasador como muestra de mi gratitud.

Al ver la intensa mirada del hombre, se dio cuenta de lo absurdo de su oferta. Era el presidente del Grupo Fonseca, un hombre que lo tenía todo. *¿Qué iba a querer con una baratija hecha a mano?*

Avergonzada, intentó retirar la mano, pero para su sorpresa, él lo tomó sin mostrar emoción alguna.

Media hora después.

Fabián llegó corriendo al hospital tras recibir la llamada de la enfermera.

Al salir del ascensor, se cruzó con un hombre alto y de porte majestuoso, lo que le hizo mirarlo por un segundo de más.

Por el rabillo del ojo, notó algo brillante en el pecho del hombre.

Se giró justo a tiempo para ver cómo se cerraban las puertas, y su mirada se encontró con los ojos insondables de Xavier, deteniéndose de inmediato en el pasador de corbata que llevaba puesto.

Ese pasador era idéntico en color y diseño al que Iris le había querido regalar esa noche.

*¿El regalo que Iris había hecho para él estaba en la corbata de otro hombre?*

*¡Imposible!*

Fabián frunció el ceño con disgusto y le ordenó a su asistente:

—Camilo, tráeme la caja que me dio mi esposa. Quiero ver qué hay adentro.

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