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Embarazada de tu rival: Ahora soy la Señora Fonseca romance Capítulo 7

Justo cuando Camilo sacaba la caja del maletín, el médico de urgencias salió al pasillo.

—¿Son los familiares de Iris Paredes? —preguntó—. Acérquense un momento para darles las indicaciones médicas.

Fabián echó un vistazo a la caja y decidió que no era el momento adecuado para abrir el regalo.

—Primero encárgate de tramitar el alta de mi esposa —le ordenó a su asistente.

Camilo guardó la caja, asintió y siguió al médico a su oficina.

Cuando Iris estaba lista para irse, su mirada se topó con los ojos helados de Fabián.

Él estaba parado en el umbral de la puerta, proyectando un aura intimidante.

—Vámonos a casa —soltó con sequedad.

Era obvio que estaba molesto por haber tenido que dejar a Bárbara para ir a buscarla.

De repente, la memoria de Iris viajó al accidente de auto de hacía dos años.

Cuando despertó, la primera persona que vio fue a él.

Los paramédicos y la policía le dijeron que había sido Fabián quien llamó a emergencias y la sacó de los escombros para subirla a la ambulancia.

Él le había salvado la vida.

Después del rescate, sufrió una conmoción cerebral grave que incluso la dejó ciega temporalmente.

Desde niña solo tenía a su madre, pero ella estaba demasiado enferma como para cuidarla, y tampoco quería preocuparla.

Su amiga Natalia acababa de cambiar de carrera y estaba abrumada de trabajo; no quería ser una carga para ella tampoco.

En aquellos días oscuros, la compañía de Fabián fue su único consuelo. Él la ayudó a superar el trauma del accidente y a recuperar su salud.

Poco a poco, su gratitud inicial se fue transformando en amor. Y, aunque él siempre había sido reservado y distante, de vez en cuando mostraba gestos que ella interpretó como correspondencia.

Había llegado a creer que él también la amaba.

Más tarde descubrió que existía un acuerdo de matrimonio entre las dos familias, y su unión pareció algo natural y lógico.

Habían compartido momentos de dulzura, pero no sabía exactamente cuándo él había empezado a alejarse, absorbido por el trabajo y cada vez más frío con ella.

Tal vez, desde entonces ya la había reemplazado en su corazón.

Al pensarlo así, sintió un extraño alivio.

Al menos el amor verdadero entre él y Bárbara no había comenzado antes que su relación.

No eran unos antiguos amantes separados por el destino ni se estaban reencontrando.

Ella no había sido una simple intrusa en su épica historia de amor.

Simplemente, él se había enamorado de otra persona y había dejado de amarla.

Al recordar cómo él amaba a Bárbara, pero se negaba a divorciarse y dejarla en paz...

Y lo más irónico de todo era que aquel brazalete de esmeraldas hacía juego con el collar que llevaba Bárbara.

A él no le importaba en absoluto.

Hasta los regalos se los delegaba a su asistente.

Al llegar a la Villa Mirador, Iris bajó del auto, empujó la puerta principal y se quedó de piedra al ver a Bárbara recostada en el sofá negro de cuero de la sala.

Bárbara tenía puesta una de sus mascarillas faciales y llevaba su bata de dormir blanca. El escote caía de forma sugerente, y la abertura lateral, que normalmente era recatada, ahora dejaba al descubierto un muslo tentador y una curva pronunciada de sus caderas.

—Fabián, hermana, al fin llegan. Ya me estaba quedando dormida de tanto esperar.

Bárbara se levantó y caminó hacia ella, ignorando su mirada de rabia. Con una mano se acomodó el borde de encaje de la bata, en una actitud aparentemente inocente, pero que rebosaba provocación.

—Hermana, no traje ropa de cambio. Tenemos casi la misma talla, ¿no te molesta que haya tomado esto prestado, verdad?

Antes de que Iris pudiera articular palabra, la voz amable de Fabián sonó a sus espaldas:

—A tu hermana no le molesta. Vete a descansar.

Bárbara asintió obedientemente y desapareció en la habitación de invitados de la planta baja.

En cuanto la puerta se cerró, Fabián habló con frialdad:

—Su edificio está rodeado de periodistas. Se quedará aquí un par de días hasta que se calme el escándalo.

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