—Tráeme la lista de invitados, yo me encargo de contactar a los demás.
Iris sacó su teléfono y vio que le había llegado un mensaje de Bárbara.
Lo abrió.
Era una foto. En ella, Fabián estaba sentado a la mesa, sosteniendo un trozo de sándwich hacia la cámara. La luz de la mañana lo bañaba, resaltando sus facciones perfectas, su mandíbula afilada y la nuez de su garganta, dándole una apariencia increíblemente atractiva.
La imagen era de altísima calidad. Se podía ver claramente la mirada suave del hombre y el reflejo del rostro coqueto de Bárbara en sus pupilas oscuras.
En el pasado, él la había mirado con esa misma ternura.
Su dedo tembló levemente sobre la pantalla. Entró al perfil de Bárbara y la bloqueó sin pensarlo dos veces.
Luego, su mirada se detuvo en el anillo de bodas que llevaba en el dedo anular. Se lo quitó lentamente y acarició el interior de la sortija. Allí estaban grabadas las iniciales de sus nombres, un detalle que ella misma había exigido con tanta ilusión al casarse, y que ahora le parecía la peor de las bromas.
Le entregó el anillo a su asistente.
—Añade esto a la subasta.
Alicia la miró con los ojos muy abiertos.
—Pero Señorita Paredes, ¡es su anillo de bodas! ¿No se enojará el Señor Salazar si lo ponemos a la venta?
A él no le iba a importar en lo absoluto.
Seguramente él ya ni sabía dónde había dejado el suyo.
—No te preocupes por eso.
Al ver que hablaba completamente en serio, Alicia tomó el anillo y la lista de invitados. Mientras salía de la oficina, murmuró para sí misma, creyendo haber entendido la jugada:
—Qué tonta soy. Seguro el Señor Salazar va a comprar el anillo por una fortuna y se lo va a devolver en el escenario. Así queda como el héroe del evento y se reconcilia con su esposa. ¡Qué romántico!
Iris no compartía esa fantasía en absoluto.
Cuando ella asumió la presidencia de la fundación, él ya se había vuelto distante.
Las pocas veces que lo invitó formalmente a los eventos, él la rechazó con la excusa de estar demasiado ocupado.
Nunca le había importado apoyarla en público, dejándola a merced de las burlas y comentarios venenosos de las otras damas de la alta sociedad.
Y mucho menos ahora, que solo tenía ojos para Bárbara.
Iris revisó el directorio de los empresarios más poderosos de la ciudad. Su mirada se detuvo en la tarjeta de presentación con detalles dorados del Grupo Fonseca, e inmediatamente marcó el número.
Durante la hora del almuerzo, Camilo apareció en su oficina y le entregó una pequeña bolsa.
—Señora, olvidó sus medicinas.
Era cierto, las había dejado en la mansión. Las tomó y le dio las gracias.
—Señora, ayer el Señor Salazar me pidió que pusiera una propiedad a su nombre. Los trámites ya están listos. Aquí tiene las escrituras y las llaves —continuó Camilo, extendiéndole una carpeta—. Es el regalo de aniversario del señor.
Iris asintió. En dos años de matrimonio, nunca le había faltado un regalo en ninguna fecha especial.

VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Embarazada de tu rival: Ahora soy la Señora Fonseca