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EMBARAZADA TRAS EL DIVORCIO: NO ME QUITES A MI HIJO, SEÑOR CÓRDOBA romance Capítulo 197

Federico estaba pegado a ella, acostado a su lado. Traía la camisa abierta, dejando ver el pecho marcado.

La piel, color miel, tenía ese aire masculino imposible de ignorar.

Después de unos segundos de duda, Gloria retiró la mano de golpe.

Federico abrió los ojos lentamente; la miró con sueño, con flojera.

Gloria se incorporó de inmediato.

Agarró la cobija delgada, como queriendo cubrirse, pero se dio cuenta de que seguía vestida.

Federico solo traía la camisa abierta; dentro de lo que cabe, estaba presentable.

Las cortinas a medias dejaban entrar mucha luz.

Afuera se oían pasos y voces en la oficina.

Gloria evitó mirarlo. Tomó el celular que estaba junto a la almohada.

¡Las nueve y media!

—Señor Córdoba, voy a salir a trabajar.

Se quitó la cobija y se bajó de la cama. Se acomodó la ropa.

Federico levantó el brazo y lo puso bajo la cabeza, viéndola alisar poco a poco el vestido arrugado.

No sabía si era porque hacía mucho que no la abrazaba.

Anoche, cuando la cargó a la cama, le pareció que la cintura se le sentía un poco más llena. Suave, con más carne.

O quizá Gloria había subido de peso.

Esa manera de mirarla le hizo sudar la espalda a Gloria.

Ella sabía que él la había cargado.

Aunque no había subido tanto, su vientre sí estaba más abultado. Y cada mirada de Federico le daba la sensación de que estaba a punto de descubrirlo.

Por suerte, todavía había poca gente en el área de asistentes; nadie notó que Gloria saliera de la oficina de Federico.

—Glori, buenos días.

Leticia salió del elevador y fue directo a ella. Dejó un termo azul claro sobre el escritorio.

—César hizo caldo. Me pidió que te trajera.

Gloria se quedó un segundo quieta y enseguida lo tomó para devolvérselo.

—No hace falta, ya desayuné.

—Ya sé. Es para que te lo comas al rato, a la hora de la comida.

—Ve a mi depa por ropa para cambiarme y llévala al hospital. Lo de la empresa se lo dejas a Pablo.

Federico vio de reojo una esquina de la nota asomándose del bolsillo. Soltó eso y se dio la vuelta.

Gloria respondió que sí.

Le pasó lo urgente a Pablo, manejó directo al departamento de Federico y, una hora después, llevó la ropa al hospital.

Tocó la puerta del cuarto de don Mariano.

Casualmente, ese día doña Valentina había ido a visitarlo.

Estaba sentada, platicando con él; no se supo qué le dijo, pero los dos se reían a carcajadas.

En el sillón al pie de la cama, Federico estaba con las piernas cruzadas y la laptop en brazos.

En cuanto Gloria entró, todos la miraron al mismo tiempo.

—Abuelo, abuela.

Entró cargando la maleta de Federico en una mano y una canasta de fruta en la otra.

Don Mariano se incorporó en la cama y doña Valentina le dio apoyo.

—¿Y tú qué? ¿Te vas a quedar sentado? ¡Ayúdala, pues!

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