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EMBARAZADA TRAS EL DIVORCIO: NO ME QUITES A MI HIJO, SEÑOR CÓRDOBA romance Capítulo 256

—Acuéstese, no se ponga nerviosa. Es un estudio normal —dijo el doctor extranjero, acomodándose los lentes.

Irene se quedó parada. Por reflejo metió la mano al bolsillo… vacío.

Su bolsa estaba con Federico, y el celular venía ahí.

Quería llamarle a Raúl para preguntarle, pero no podía.

—Señorita Orozco, de verdad no se ponga tan tensa —insistió el doctor, dándole palmaditas a la camilla—. Acuéstese, por favor. Afuera hay gente esperando.

Irene respiró hondo, aguantándose las ganas de salir corriendo, y se acostó boca arriba.

—Levántese la blusa.

El doctor acomodó el equipo. Al verla rígida, repitió la indicación.

Irene apretó la orilla de la ropa.

—Doctor… acabo de acordarme de algo que necesito decirle a Raúl. ¿Me puede ayudar a hacer una llamada?

—Cuando terminemos, puede subir a buscarlo.

El doctor ya estaba listo. La miró y levantó un poco la ceja, apurándola.

Irene se subió la blusa despacio, con movimientos lentos.

—¿De verdad no puede? Es nada más una frase.

El doctor, con cubrebocas, dejó ver en sus ojos azul-gris un destello de impaciencia.

—Señorita Orozco, estoy en consulta.

La negativa era clarísima.

A Irene se le subió el corazón a la garganta. No le quedó de otra que levantarse la blusa.

Sintió el gel frío en la piel. Cuando el transductor presionó, la heladez se le fue hasta los huesos.

—Usted…

El doctor no alcanzó a terminar. Se escucharon pasos del lado de la puerta interior.

Al siguiente segundo, Raúl apareció con un celular en la mano.

—Maestro, en el consultorio de César hubo una urgencia. No le entran las llamadas.

No había terminado de hablar cuando el doctor dejó el equipo, se levantó y le arrebató el celular para revisarlo.

Irene tragó saliva y volteó.

—Yo me encargo. Usted vaya —dijo Raúl.

El doctor revisó el reporte y se quedó helado.

—¿Y aquí qué se puede hacer? Me temo que el señor Córdoba se va a llevar una decepción.

—Maestro, siga con lo suyo. Yo ya me voy —dijo Raúl, con la mirada oscura, y se fue hacia el piso de arriba.

Como media hora después, Federico llegó al consultorio de Raúl, frunciendo el ceño.

—Tu maestro está peor de lo que tú dijiste. Tampoco tiene forma de resolverlo.

Federico se apretó el puente de la nariz con los nudillos, con una cara de pocos amigos.

A Raúl se le movió apenas la mirada.

—¿Ah, sí? Qué lástima.

—Arréglame este reporte —dijo Federico, dejándole el chequeo de Irene—. Mándamelo al correo.

Se levantó para irse.

Cuando ya casi salía, Raúl se puso de pie y preguntó:

—Federico… si un día descubres que te mentí, ¿qué harías?

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