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EMBARAZADA TRAS EL DIVORCIO: NO ME QUITES A MI HIJO, SEÑOR CÓRDOBA romance Capítulo 255

Lucía irrumpió de repente.

Gloria y Elena se asustaron. Las dos voltearon al mismo tiempo.

Lucía ya estaba encima de ellas.

—¿A dónde vas?

Por el tono cortante y molesto, parecía que Gloria hubiera hecho algo imperdonable.

—Todavía no sé —dijo Gloria.

Soltó la mano de Elena, se puso de pie, se acomodó la ropa y salió. Con Lucía así, no era buena idea hablar enfrente de Elena.

Gloria apenas salió y Lucía la siguió.

—Cada que pregunto sales con que “todavía no sé”. Eso significa que no tienes plan. ¿Y con la panza así a dónde te vas a ir? Lo del embarazo ni lo hemos terminado de hablar. Ahorita que todavía no se nota tanto y el bebé no está tan grande, mejor quítatelo de una vez y ni sufres…

Gloria se frenó en seco.

Se volteó y la interrumpió, indignada:

—¡Es un bebé! ¡Es una vida! ¿Cómo puedes decir algo tan frío, así nada más?

—¡Lo digo por tu bien! —se defendió Lucía, alzando la voz.

—Ay, pues gracias —respondió Gloria—. Mejor usa ese “por mi bien” con los niños.

—Tú…

Virginia salió de la cocina al escuchar el pleito. Se plantó frente a Gloria, cruzada de brazos, mirando a Lucía.

—Nosotras ya pagamos hace años lo que el orfanato hizo por nosotras. Si todavía ayudamos es porque nos duelen estos niños, porque tenemos corazón. Así que bájale con el chantaje, porque si te pones así, nosotras nos desentendemos y no damos ni un peso.

Virginia lo decía duro, pero en el fondo no podía dejar de preocuparse.

Ellas habían salido de ahí con trabajos, arrastrándose fuera de una vida horrible. No soportaban ver a los niños pasar por lo mismo.

Lucía no se atrevió a apostar. Cambió el tono de inmediato.

—Ustedes decidan lo que quieran. No es que yo quiera meterme… solo opino como alguien que ya pasó por eso.

—Tú ya pasaste por lo que sea, pero no eres nadie para nosotras. Así que guárdate tus opiniones —le cortó Virginia.

Virginia jaló a Gloria y regresaron al cuarto de Elena.

Casi cada vez que volvían, terminaban discutiendo con Lucía por alguna cosa.

Les daba coraje, sí, pero ya estaban acostumbradas. Y al final siempre se quedaban con la idea de “ya vinimos, vamos a acompañar a los niños”.

Que hubiera doctores extranjeros en Belgrano Norte no era raro.

Lo raro era que para un simple ultrasonido pusieran a un extranjero.

Dudó un momento y preguntó:

—¿Usted es el maestro de Raúl?

—¿Me conoce? —El doctor la miró, sorprendido.

A Irene se le heló la sangre.

¿Federico de verdad había traído al maestro de Raúl hasta aquí solo para revisarla y tratarla?

—¿Raúl…? —alcanzó a decir.

El doctor señaló hacia arriba.

—A esta hora debe estar atendiendo allá arriba.

Irene respiró hondo.

Entonces… ¿Raúl la había estado viendo la cara?

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