Aunque había pedido el día, si en el trabajo surgía algo, Federico seguro la iba a buscar.
Y su celular, que lo traía en silencio, solo dejaba sonar llamadas de dos personas: Virginia y Federico. Si él marcaba, sonaba.
Gloria sintió un escalofrío.
¿De verdad Federico vino al hospital?
Se mordió el labio, con el pecho apretado. La cara se le fue poniendo pálida.
¿La enfermera no le habría dicho nada de su embarazo?
Pero si lo tomó por “familiar” y encima pidió estudios completos… seguro le hablaron de su estado.
Gloria se debatía entre aferrarse a la esperanza y prepararse para lo peor.
«A lo mejor fue Virginia y solo andaba buscándome…»
Apretó los labios y volvió a llamar a enfermería.
—Disculpe… ¿el familiar que pagó se apellida Reinoso?
—¿Cómo que no sabe cómo se apellida su familiar? —la enfermera sonaba apurada, y un poco fastidiada—. Es Córdoba.
Y colgó.
A Gloria se le heló la espalda. Se arrancó la aguja del suero y de inmediato le brotó sangre en el dorso de la mano.
Le dolió horrible, pero ni le importó. Agarró una servilleta para presionarse, tomó su saco y salió corriendo.
Apenas salió de la habitación, la enfermera pegó un grito.
—¡Señorita Loyola! ¡Todavía no termina el suero!
—Tengo que irme —respondió Gloria, atropellada, y siguió.
La fiebre no le había bajado; iba mareada, tambaleándose.
La enfermera la alcanzó.
—¡Así no puede irse! ¿Y si le pasa algo?
—Si me pasa algo, me hago responsable —Gloria apretó el botón del elevador. La servilleta ya estaba empapada de sangre.
—No hay nada más importante que su salud. Si tiene un trámite, que lo haga su familiar…
La enfermera insistió:
—¡No juegue con su vida ni con la del bebé!
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