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EMBARAZADA TRAS EL DIVORCIO: NO ME QUITES A MI HIJO, SEÑOR CÓRDOBA romance Capítulo 37

Jaime era, sin duda, de esos juniors que viven para la fiesta.

Se decía que el día que tomó el control de la empresa, la familia Granados mandó gente a sacarlo de un bar y llevarlo directo a Grupo Larrinaga.

En la mesa, las botellas que tenía sumaban una fortuna.

De entre ese grupo de niños ricos, él tenía el mejor respaldo familiar, y además era el único que de verdad ya estaba al frente de una empresa.

Alrededor había varios: le pasaban cigarros, le prendían el encendedor, le servían… y todos le decían “Jaime” como si fueran íntimos.

Gloria se acercó y se plantó frente a él.

—Señor Granados.

—Mira nada más, sí viniste —Jaime empujó a la mujer que traía encima y señaló el lugar a su lado—. Siéntate aquí.

—Gracias, pero prefiero estar de pie. Dígame qué necesita y lo hago.

Gloria bajó la mirada.

No se había arreglado de más: pantalón negro entallado, suéter y una chamarra acolchada negra.

Se veía relajada, pero con ese aire frío y distante.

Aun así, bastaba con que alguien la viera para que se interesara.

—¿Y esa chava de dónde salió? —preguntó uno.

Jaime, con el cigarro en la boca, soltó el humo y levantó una ceja.

—¿A poco no está guapa?

El otro se rio y asintió.

—Guapísima. Qué buen ojo tienes.

—No inventes, todavía no es mi mujer —dijo Jaime, mirándola de arriba abajo con intención.

Después de ver a Federico besándola a la fuerza, mientras más lo pensaba, más le parecía que…

Quitarle a Federico a su asistente estaba bien, sí.

Pero quitarle a Federico a una mujer… eso sí era divertido.

Con una mujer así, si Federico era un hombre normal, claro que le iba a doler.

Jaime sonrió y volvió a palmear el asiento junto a él.

—No te traje para que me cargaras la bolsa. Siéntate. Con tanta gente aquí, ¿tú crees que me voy a pasar de lanza?

Gloria dudó un momento, luego se sentó, dejando una distancia prudente.

—¿Quieres leche o refresco? —Jaime, sorprendentemente, no la presionó.

—Agua tibia, por favor.

Jaime le hizo una seña a un mesero.

—Tráele un vaso de agua tibia. Relájate. Es Año Nuevo, hay que pasarla bien. ¿Quieres jugar?

—Espéreme aquí, ahorita regreso.

Jaime se le emparejó rápido.

—Yo no soy como Federico, que se siente la gran cosa y quiere que lo anden recogiendo. Yo voy contigo…

Dio unos pasos y ya la había alcanzado.

—¿Federico te dio el bono?

Se refería al bono del proyecto de Consorcio Río Claro.

Gloria asintió.

—Sí.

Jaime chasqueó la lengua, con amargura.

—En ese proyecto no ganó ni un peso. Lo tuvo que pagar de su bolsa para darles bono.

Era cierto: ese proyecto no había dejado ganancia.

Pero Gloria no iba a ponerse a discutir negocios con Jaime.

Solo sonrió y no dijo nada.

El problema era que Jaime no dejaba el tema. En el camino, “Federico” sonó tantas veces que a Gloria ya le zumbaban los oídos.

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