—Ahorita ya no te vas a ir —dijo Federico, con voz baja y firme, detrás de ella.
Federico la enderezó, pero no la soltó: la mantuvo protegida entre sus brazos.
De él salía una presencia intimidante que le bajó el aire al hombre, que hace un segundo seguía de bravucón.
—Raúl, llévatelas. Yo me encargo de aquí.
Se refería a Virginia, al niño y a la mayordoma.
Gloria era la dueña del carro; tenía que quedarse para resolver el accidente con él.
Raúl abrió la puerta y se asomó.
Virginia tenía al niño en brazos, llorando a mares.
Con esa cara, parecía imposible que hace rato hubiera estado a punto de pelearse con el tipo de afuera.
—Vengan. Yo las llevo al hospital.
Virginia bajó con el niño; la mayordoma levantó la bolsa y se fue detrás.
—Tú… —el hombre intentó recuperar algo de valor—. ¡No se metan! No tienen por qué defender a dos mujeres que ni conocen.
—Sí las conocemos —soltó Federico, seco—. A ver, dime: ¿cómo quieres que lo resolvamos “con sensatez”?
La gente alrededor empezó a señalar y comentar. El plan del tipo —hacerse el listo con “la conductora”— se le vino abajo.
Buscó otra salida.
—¿Y qué? ¿Porque tú dices que las conoces ya es cierto? Ella está embarazada, y tú bien pegadito… ¿qué, eres su esposo o qué?
Gloria nunca había visto a alguien tan necio.
—Lo que él sea para mí no te importa. Dijiste que querías arreglar el choque. Pues arréglalo.
La mano de Federico en la cintura de Gloria se tensó.
Ella lo estaba negando, aunque fuera de forma indirecta.
El hombre también lo captó.
—Ah, no eres su esposo… entonces ¿por qué así de juntitos? ¿No será que andan de amantes? Ella embarazada y con marido, y tú ahí de metiche… ¿para qué?
Cuando hay gente, el chisme corre solo.
Algunos empezaron a cuchichear. Gloria vio a una persona muy cerca sacar el celular, lista para grabar.
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