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EMBARAZADA TRAS EL DIVORCIO: NO ME QUITES A MI HIJO, SEÑOR CÓRDOBA romance Capítulo 392

—De verdad soy una pésima mamá… Mi hijo se enfermó y ni cuenta me di. Si no fuera por la mayordoma… capaz que se me pone peor y yo ni enterada.

Gloria sacó dos pañuelos y se los pasó.

—Ya eres mamá. No puedes estar llorando así. Tu hijo te ve.

Virginia levantó la cara y se cubrió los ojos con el pañuelo; en nada se empapó.

—Gloria… mi vida ya no se parece a lo que yo tenía planeado. Yo creía que con tener un hijo y darle dinero para que lo cuidaran, ya.

Pero cuando nació, muchas cosas ya no dependían de ella.

Quiso ser una mamá “de ratitos”: cuando le diera la gana, que le trajeran al niño para apapacharlo; y cuando tuviera cosas que hacer, dejárselo a la niñera.

Pero si el niño lloraba, a ella le dolía. Y aunque estuviera cansada, se obligaba a aguantar para jugar con él.

Y cuando se enfermaba, se le hacía un nudo en el pecho. Su estado de ánimo empezó a girar alrededor del niño.

—Cuando decidiste hacerlo por fertilización, te lo dije: es una vida, no un muñeco que compras con dinero. Si lo traes al mundo, te toca hacerte responsable.

Gloria le acomodó el cabello revuelto.

—Que ya no puedas hacerte la desentendida significa que sí sientes, que sí te importa. Vas por buen camino.

¿“Buena mamá”?

Para Virginia, esas palabras sonaban lejanas.

Ella siempre se había puesto la etiqueta de “mamá cool”.

Se quitó el pañuelo de los ojos, lo hizo bola y lo tiró al bote.

—Gloria… ser una buena mamá es cansadísimo. Ahora entiendo por qué… la gente se casa antes de tener hijos. Al menos así la otra persona te ayuda.

Miró hacia la puerta, bajando la voz.

—El papá es el apoyo más fuerte para la mamá y el niño.

Como hace rato: el tipo se quería aprovechar porque las vio solas.

Gloria la miró unos segundos y le puso la mano en la frente.

—No tienes fiebre. ¿Por qué andas diciendo cosas raras?

Casi podía adivinar hacia dónde iba Virginia.

Virginia le quitó la mano.

—Federico se detuvo a ayudarnos… y eso habla bien de él.

Gloria se quedó sin palabras.

—Si quieres agradecer, díselo tú.

Virginia miró por la ventana y alcanzó a ver solo el perfil de Federico.

Dudó un momento.

—Va… cuando se pueda, se lo digo.

En ese instante, la puerta del cuarto se abrió.

Raúl entró con dos cosas en la mano.

—Señorita Reinoso, aquí tiene parches para la fiebre. Se los puede poner al bebé; se va a sentir más fresco. Si en la madrugada vuelve a subir, puede darle el antipirético. Aquí le dejé escrito cómo y cada cuándo.

Virginia se sentó para recibirlos.

—Gracias, doctor Esquivel.

—No hay de qué.

Raúl bajó la vista hacia Gloria.

—La señorita Loyola está embarazada, no debería desvelarse. Y justo Federico ya se va. Que él la lleve a su casa.

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