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Esa niña es mía: El secreto de mi poderoso excuñado romance Capítulo 27

Nuevo hogarEsa niña es mía: El secreto de mi poderoso excuñado ya está en NarraverseSigue leyendo en nuestro nuevo sitio: un lector más limpio, páginas más rápidas y los capítulos más recientes.Leer en Narraverse

Por la mente de Elara volvieron a pasar las imágenes de Dylan caminando tan cerca de Nina en el pasillo del hospital, y el panel de información médica que era idéntico al de la videollamada.

La luz de sus ojos se apagó.

Sintió una punzada sorda en el corazón.

Bajó la mirada y guardó silencio.

Renato frunció el ceño.

—¿Por qué no me contestas?

Al recordar todo el tiempo que había pasado sola lidiando con su embarazo, mientras Dylan le mentía descaradamente para estar con Nina, el dolor y la humillación la invadieron de nuevo, y las lágrimas rodaron por sus mejillas sin que pudiera evitarlo.

Giró el rostro rápidamente para esconder su fragilidad ante Renato. Ocultó sus manos bajo las sábanas, apretando los puños tan fuerte que se clavó las uñas en las palmas, usando ese dolor físico para reprimir su llanto.

—Quiero ver a Dylan.

Renato observó cómo la mujer derramaba lágrimas en silencio, intentando mostrarse fuerte. Sus ojos se oscurecieron y frotó suavemente los dedos de su mano. Tras unos segundos de absoluto mutismo, se dio la vuelta y se fue.

Poco después, don Leonardo y doña Viviana entraron a la habitación.

Don Leonardo, apoyado en su bastón con empuñadura dorada, se paró junto a la cama.

—Qué bueno que ya recuperaste el conocimiento.

Elara, con la vista baja, respondió:

—Lamento haberlo asustado, don Leonardo.

—Ahora concéntrate en descansar y recuperarte —dijo él, dando media vuelta para salir.

Al ver que el patriarca de la familia se había ido, Viviana se acercó a la cama con el ceño fruncido.

—Te lo advertí, te dije que te quedaras quieta, pero como siempre, hiciste lo que se te dio la gana. ¡Por andar de callejera te vino esa hemorragia, todo esto es culpa tuya!

Elara levantó la mirada y la clavó en su suegra con fiereza.

Viviana se quedó helada ante la furia contenida en esos ojos. Elara siempre había sido dócil, jamás la había mirado de esa manera.

Pero al recordar la humillación que estaba pasando su hijo, el coraje le volvió de golpe.

—¿Acaso dije una mentira? ¡Lo único que sabes hacer es meter a Dylan en problemas! Dale gracias al cielo de que a la niña no le pasó nada, ¡porque si no, serías la desgracia de los Lucero!

A Elara no le quedaban fuerzas, así que prefirió ignorar sus insultos.

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