Con razón Renato fue el primero en entrar a verla. Él le había salvado la vida a ella y a su pequeña.
Una profunda gratitud llenó el corazón de Elara.
Poco después, se escucharon pasos apresurados. Dylan apareció en la entrada. Con los ojos inyectados en sangre, rebosantes de culpa y remordimiento, se quedó mirando el rostro pálido de su esposa en la cama.
Marta, entendiendo la situación, salió en silencio de la habitación.
Elara observó a Dylan caminar hacia ella cojeando debido al castigo en la capilla. Cuando él se detuvo al lado de la cama, ella siguió mirándolo sin articular una sola palabra.
La nuez de Adán de Dylan se movió con dificultad.
—Elara... perdóname.
Las lágrimas volvieron a nublar la visión de Elara, pero se obligó a no derramarlas.
—¿Por qué me mentiste?
Dylan se sentó al borde de la cama e intentó tomar su mano, pero ella la apartó de inmediato.
Su mano quedó suspendida en el aire por un segundo antes de retirarla.
—Rafael se fue al extranjero a cerrar un negocio y me pidió que cuidara de su hermana y de su sobrino mientras él no estaba. No te mentí con mala intención. Con el embarazo tan avanzado, solo quería evitar que te alteraras o te pusieras triste.
—¿Y para que no me alterara creíste que tenías derecho a verme la cara de estúpida?
—Ella te hizo mucho daño en el pasado. Sé que todavía no la perdonas, y tenía miedo de que si te decía la verdad, te afectara a ti y a nuestra bebé. No quise arriesgarme. Pero Rafael es como mi hermano, crecimos juntos. No podía darle la espalda cuando me pidió un favor así.
Dylan la miró con genuina desesperación en el rostro.
—Elara, te juro que lo siento muchísimo. Perdóname por hacerte sentir así.
—Así que esa noche saliste corriendo de la cena y ni siquiera te despediste de mí porque Nina te llamó.
—Su hijo fue prematuro y es muy enfermizo. Esa noche tuvo muchísima fiebre y estuvo a punto de colapsar. Si no iba enseguida, el niño podía morir.
Elara se sorprendió por un segundo al enterarse de que el hijo de Nina era prematuro, pero esa pequeña compasión fue reemplazada casi al instante por una avalancha de dolor.
No se había equivocado. Dylan jamás viajó de negocios; se había pasado todos esos días en el hospital velando por Nina y por su hijo.
Tuvo todo el tiempo del mundo para cuidar de otra mujer y de un niño que no era suyo, pero no para su propia esposa y su propia hija.
Aunque sus motivos fueran justificables, aunque el niño hubiera estado al borde de la muerte... ¿a ella qué le importaba?

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