Renato no le dio una respuesta de inmediato. En cambio, preguntó:
—¿Dónde tiene las pastillas para la presión?
—¡Te estoy haciendo una pregunta! ¿Para qué buscas mi medicina? —se quejó Matilde, molesta—. No intentes cambiar de tema. Me debes una explicación y me la vas a dar ahora mismo.
Renato esbozó una sonrisa resignada.
—No estoy cambiando de tema. Es solo que temo que no lo soporte, así que prefiero tener las pastillas a mano.
Matilde parpadeó, sorprendida, y luego lo fulminó con la mirada.
—¿Acaso me veo como una mujer débil?
Pero Renato insistió.
—Mejor prevenir.
¿Qué noticia tan escandalosa podría desmayar a una mujer de ochenta años que lo había visto todo?
Con la curiosidad al límite, Matilde cedió y señaló la mesa de noche.
—Están en el segundo cajón.
Renato sacó la medicina, sirvió un vaso con agua, lo dejó sobre la mesa de centro y finalmente se sentó en el sofá individual frente a ella.
—Violeta no fue la única sedada esta noche. También le pasó a Elara.
Al recordar a esa joven tan amable y educada, Matilde se preocupó.
—¿Cómo está mi niña? ¿Se encuentra bien?
—Igual que Violeta. Solo la durmieron, no le pasó nada más.
Matilde asintió, más tranquila.
Renato prosiguió:
—Todo fue obra de Dylan. Quería tender un ataque contra mí y contra Elara.
Matilde estaba perdida.
—Pero... ¿no están divorciados? ¿Por qué la atacaría a ella? Además, el Consorcio Lucero vive de lamerte las botas, ¿por qué se atrevería a ir en tu contra?
Renato abrió el frasco de pastillas, la miró a los ojos y soltó la bomba:
—Elara y yo estamos juntos.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Esa niña es mía: El secreto de mi poderoso excuñado