Ha pasado una semana y Valeria por fin pudo salir de la Capilla de Meditación.
Respiró hondo, llenando sus pulmones de aire fresco.
¡Qué bien se sentía recuperar la libertad!
Esta semana se le había hecho tan larga como un siglo.
Cada día había sido un verdadero infierno.
*Maldita sea, todo es culpa de esa perra de Alba.*
Si no fuera por ella, ¿cómo habría terminado sufriendo este tormento?
Y luego estaba esa vieja, que ahora tenía claros favoritismos.
Desde que regresó, su abuela ya no era la misma de antes.
¡Increíblemente, se había puesto del lado de Alba para castigarla!
Valeria apretó los labios, llena de resentimiento.
Al ver salir a su adorada hija, Sara sintió que se le partía el corazón:
—Vale, mi niña, cuánto has sufrido. Te preparé un tónico especial para que recuperes fuerzas, has bajado mucho de peso esta semana.
—Mamá, estoy bien, no te preocupes —respondió con docilidad, levantando ligeramente su falda al entrar al comedor.
Sara se acercó con el tónico humeante, hablando con tono indignado:
—No sé qué brujería usó esa tal Alba para que la señora Beatriz la defienda de esa manera.
Valeria tomó el tazón y bebió un pequeño sorbo, con un destello calculador en la mirada.
—Mamá, lo pasado, pasado está. A partir de ahora evitaré a Alba, sé que no le agrado —dijo Valeria, fingiendo tristeza.
Al escucharla, a Sara le dolió aún más. Abrazó a Valeria con fuerza:
—¡Ay, mi niña tonta, eres demasiado buena! Ella se la pasa atacándote, ¡y tú todavía la defiendes!
Valeria apoyó la cabeza en el hombro de su madre, esbozando una sonrisa fría y casi imperceptible.
Sabía perfectamente cómo manipular las emociones de Sara.
Media hora después, Valeria llegó a una casa a las afueras de la ciudad.
Era un chalet de ladrillo gris, escondido entre un espeso bosque de bambú, con un aire antiguo y reservado.
Valeria miró a su alrededor con cautela, asegurándose de que nadie la hubiera seguido, y luego llamó suavemente a la puerta.
La puerta crujió al abrirse apenas una rendija, revelando unos ojos sombríos.
—Vale, eres tú. Qué bueno que viniste —dijo la persona, abriendo la puerta de inmediato, con voz cargada de emoción.
Valeria asintió y entró rápidamente.
El aire dentro del chalet olía a un suave perfume floral.
Valeria se quitó los lentes, mostrando su rostro perfectamente maquillado.
—Mamá, ya estoy aquí —murmuró, forzando un tono de cariño.
La mujer frente a ella rondaba los cuarenta años. A pesar del tiempo, su rostro bien cuidado aún dejaba ver la belleza de su juventud.
Llevaba un vestido elegante de tono oscuro y, en la muñeca, lucía un brazalete de esmeraldas de un valor incalculable. Era la prenda de amor que Eduardo Moreno le había regalado hacía más de veinte años.

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