—Por supuesto. Ya que a mi hermana le cuesta un poco procesar información tan compleja y no logró captarlo a la primera, se lo repetiré con todo gusto —dijo Valeria, saboreando el momento—. Alba, voy a explicarte esto desde el principio con lujo de detalles. Por favor, asegúrate de prestar muchísima atención esta vez.
No quedaba claro si lo hacía para restregarle en la cara a todos que Alba era un poco corta de mente, o si estaba desesperada por asegurarse de que la persona al otro lado de la línea escuchara con claridad, pero Valeria no dejó de repetir su advertencia.
—Tranquila, te escuché perfectamente. No hace falta que lo repitas tanto... a menos que, claro, estés intentando que *alguien más* te escuche —respondió Alba con una sonrisa gélida, desnudando las intenciones de la impostora frente a todos.
Esa mujer había tenido la audacia de provocarla una y otra vez. Bueno, ahora llegaba el momento de ver si Valeria lograba mantener esa ridícula pose de sabelotodo cuando el mundo se le cayera encima.
—No sé de qué estás hablando, y mucho menos le estoy hablando a nadie más. Mírenme, no llevo nada escondido, ni siquiera traigo auriculares puestos —se defendió Valeria, levantándose el cabello con falsa indignación para que todos comprobaran que sus orejas estaban completamente limpias.
Clara, su madre, había previsto cada uno de estos escenarios. Sabía que Alba intentaría hundirla pidiéndole que mostrara las orejas para probar que no llevaba audífonos. Precisamente por eso habían optado por el microchip implantado. Era imposible que esa perra lograra encontrar pruebas en su contra.
—Sí, sí, ya lo vimos. Empieza de una vez, ¿por qué tantas trabas? —la apresuró Alba con una sonrisa deslumbrante.


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