[Hacer todo esto no tiene sentido. La trama de este mundo ya está escrita. Aunque vendas los zapatos con los que te casaste con Javier, nadie va a cambiar su opinión de ti.]
Justo cuando la voz en su cabeza terminó de hablar, el celular le avisó de una nueva tendencia.
#[Última hora] ¡Del amor al odio! ¡Parece que Yolanda está vendiendo sus zapatos de novia desde una cuenta falsa! Intenta dar un último golpe bajo.
Yolanda se quedó sin saber cómo reaccionar a eso.
[Ya lo viste, las características de tu personaje ya están ancladas. No importa lo que hagas, no puedes cambiar la situación. Nadie va a creer en tus verdaderas intenciones.]
—No hay problema —dijo Yolanda, sin inmutarse—. Me basta con tenerlo claro yo.
Dicho eso, se dispuso a apagar el celular.
En ese instante, la pantalla se iluminó de golpe; le estaba entrando una llamada.
El contacto decía: «Mi esposo».
Su dedo se congeló en la pantalla y el cansancio en su mirada se endureció. Era la primera vez que Javier la buscaba por su cuenta desde que el abuelo murió. Dudó un momento, pero terminó contestando.
Ninguno de los dos habló.
Ella no dijo nada, y del otro lado de la línea también hubo un silencio total.
Tan distante y desabrido como siempre. A Yolanda le dio una flojera inmensa y rompió el hielo con tono perezoso: —Habla, Javier.
El hombre al otro lado se quedó callado un segundo, antes de que se escuchara su voz profunda y fría. —Borra esa cuenta. Y no andes causando problemas por un tiempo.
¿Causando problemas? Yolanda levantó una ceja. —O sea que salir a consulta médica es causar problemas para ti, Javier. Entonces, ¿irte a un hotel con otra mujer qué chingados es? ¿Quieres armar un huracán o qué?
El hombre volvió a quedarse callado. Era obvio que no esperaba que le contestara así. Después de un rato, habló con un tono de fastidio: —Yolanda, ahórrate tus escandalitos de quinta. Tú y yo sabemos perfectamente qué es lo que hay entre nosotros. Si no fuera por el abuelo...
A Yolanda le dio hueva seguir escuchando sus discursos. —¡Ay, perdóneme, señor Castillo! Resulta que estoy loca, ¡no me puedo controlar! Así que no me voy a ahorrar absolutamente nada. —Total, el mentado Librito ya le había dicho que su papel estaba escrito y nadie podía cambiarlo.
Se hizo un silencio denso en la llamada. Mucho tiempo después, Javier habló con voz glacial: —Veo que de verdad ya perdiste la cabeza.
Yolanda, en lugar de enojarse, se echó a reír y su tono se suavizó. —¡Exacto! Javier, no solo estoy mal de la cabeza, mi cuerpo se mueve solo y no lo controlo. Así que bájale a tus órdenes, porque igual me valen madre, ¿entendiste?
La voz de Javier se volvió aún más helada. —¿Con que intentas zafarte de lo que le hiciste a Carmen? Yolanda, el abuelo lleva tres años muerto, ¿cuánto tiempo más crees que te voy a soportar? Más te vale quedarte quietecita, o si no...
Al escuchar que mencionaba al abuelo Castillo, la sonrisa de Yolanda desapareció al instante. Su tono de voz bajó a cero grados. —Javier, ya te dije que no me des órdenes.


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