—¡Ayuda, por favor! ¡Carmen se cayó, rápido!
—¡Ay, mi niña! ¡Ya metiste la pata! ¡La metiste hasta el fondo!
[Pitido del sistema].
Tras el agudo y prolongado sonido, la mirada perdida de Yolanda comenzó a enfocarse.
En ese momento, Villa Castillo era un caos total; niñeras y mayordomos corrían de un lado a otro como locos.
Yolanda, aún confundida, miraba todo a su alrededor sin entender qué pasaba. Una mujer que parecía una versión más joven de Doña Paula le agarraba la mano con desesperación, moviendo los labios sin parar.
¿Qué diablos estaba pasando? ¿No se suponía que había explotado junto con ese maldito libro? ¿Cómo es que estaba de vuelta en Villa Castillo? ¿Era una alucinación?
Al ver que no reaccionaba, Paula Salazar se hizo a un lado y señaló hacia la planta baja. Yolanda siguió la dirección de su dedo y se dio cuenta de que había alguien tirado al pie de las escaleras. El mayordomo y las amas de llaves estaban amontonados, pálidos del susto.
¡Era Carmen!
¿Acaso su rebelión había fallado y volvió al día en que se peleó con Carmen? ¿Qué le había pasado? ¿Será que Librito la volvió a controlar?
Un pensamiento cruzó por su mente. Yolanda le apretó la mano a Doña Paula.
—Doña Paula, rápido, llame...
Se quedó callada a mitad de la frase.
¿Por qué su voz sonaba como la de una niña?
No solo su voz, sus manos... también se habían encogido.
Fue entonces cuando notó más cosas raras. Doña Paula también se veía más joven, parecía tener apenas unos treinta años.
—¡Rápido! ¡Carguen a Carmen y llévenla al Patio de Invierno!
Para entonces, el mayordomo ya había llamado al médico de la familia, y un guardaespaldas, siguiendo las órdenes, levantó a Carmen en brazos.
Yolanda se quedó helada. Carmen también era una niña.
¿Era un sueño muy realista? ¿O de verdad había viajado al pasado?
Doña Paula no le quitaba los ojos de encima a Yolanda. Esa señorita Aguirre, respaldada por el cariño del abuelo, siempre había sido una niña caprichosa, malcriada y sin límites. Pero al sentir esas manitas suaves temblando mientras la agarraban. Pensó que la niña estaba asustada, y eso le despertó una mezcla extraña de compasión y alivio: tal vez, después de todo, aún no estaba perdida.
Doña Paula se agachó y le habló con voz dulce.
—Tranquila, señorita Aguirre, la señorita Torres va a estar bien. Ahorita que despierte va y le pide perdón, seguro que la perdona.
—¿Qué te pasa, Paula? Yolanda es una niña, si tienes algo que decirle háblalo bien. ¡Con esos gritos la vas a asustar!
Yolanda seguía en las nubes cuando sintió un tirón brusco. El dolor en el brazo la hizo despertar de golpe.


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