En New York, Emily Gibson observaba en silencio como su madre y hermano hablaban de como el segundo tomaría pronto el control de las empresas de su padre, y como ella y Henry finalmente se casarían para darle más peso al apellido familiar. Su rostro reflejaba, sin embargo, tan solo la amargura de saber que Henry la estaba ignorando, pues desde su repentina desaparición no había sabido nada del hombre.
Mirando la pantalla de su celular, la amargada y resentida mujer vio que no había una sola llamada o mensaje de su prometido…y el pensamiento de que el hombre al que amaba y deseaba pudiera estar en los brazos de la maldita Katherine, la hizo sentir mayor rabia aún.
No importaba como, no sabía que iba a resultar de todo lo que tenía planeado hacer, pero Emily se prometió de nuevo a sí misma que no dejaría que ellos se quedaran juntos…Henry debía de ser para ella…tan solo de ella, y si tenía que asesinar a Katherine, lo haría, esa mujer no iba a quitarle de nuevo lo que era suyo.
Levantándose de la mesa, Emily dejó a su madre y hermano hablando ellos solos, igualmente ellos no notaron su presencia. Estaba cansada de ser invisible para todos; invisible para Henry, para Jackson, incluso para sus padres y hermano…estaba cansada de ser menos de lo que era Katherine…pero pronto, eso dejaría de ser un problema y todos los ojos estarían sobre ella, se lo juró.
En Francia, las maletas estaban sobre la cama de la habitación de huéspedes, abiertas y listas para recibir el equipaje y tomar un vuelo de regreso a New York, sin embargo, desde la ventana en aquel segundo piso, Katherine observaba con fascinación como Gabriel y Emma jugaban tan felizmente con su padre, que no quiso arrojar la ropa y juguetes al interior de esas valijas…tan solo quiso quedarse observando aquella linda escena con los bosques de Francia al fondo…renunciar tan pronto a ello y tener que enfrentar la realidad que la esperaba al otro lado del mundo, no era algo que quisiera hacer.
—¡Papito es muy divertido! — gritó Emma que montaba la espalda de Henry como si este fuese un caballo, y Henry, aun ensuciándose de un poco de fango y lastimándose las rodillas con el adoquín del camino, reía tan feliz y radiante como nunca se le había visto antes.
Gabriel corría detrás de ellos con una pequeña y rustica espadita de juguete que Henry le había comprado en un mercado local, y los tres, jugando al dragón, al príncipe y la princesa, reían tanto que Katherine estaba completamente segura de que sus risas se escuchaban a todo lo largo y ancho del extenso valle.
Aquella felicidad tan hermosa y perfecta quería tomarla y guardarla para jamás perderla…pero la realidad, los estaba reclamando.
Sentándose a la orilla de la cama y junto a las valijas, la hermosa rubia vio la cantidad de llamadas perdidas y los mil mensajes que Jackson le había enviado. Preguntas como ¿Dónde estás?, ¿Con quién estas?, y, ¿Por qué has huido de mí?, habían llenado sus mensajes de voz, su correo electrónico y sus redes sociales, y ella no había querido responder ninguna de ellas.
Katherine había decidido terminar su compromiso con Jackson Williams, y aunque no sabía que palabras usaría ni cuando iba a decírselo, su decisión estaba tomada. Mirando el anillo de compromiso que aún se hallaba guardado dentro de su cajita de terciopelo, Katherine nuevamente se sintió terrible por hacerle eso a Jackson…sin embargo, al escuchar las risas tan felices de sus pequeños hijos inundándolo todo, la culpa que comenzaba a sentir se disipaba…pues habiendo comprendido que era una completa estupidez el casarse con un hombre al que no amaba ni amaría jamás tan solo por agradecimiento, no iba a sacrificar la felicidad de sus gemelos.
Había tomado la decisión de regresarle a Jackson cada dólar que valiese su importante apoyo…y contra todo lo que había dicho que haría, por ella y por sus hijos, seguiría adelante con Henry, con aquella relación extraña a la que habían dado comienzo, por su propia felicidad.
Volviendo su mirada a las maletas vacías, Katherine sonrió. Todavía no quería irse y todavía no se irían, tan solo un poco más antes de enfrentarse a Jackson y su realidad, quería seguir disfrutando de esos momentos.
Repentinamente, Gabriel entraba en la alcoba de invitados para arrojarse a sus brazos, estaba sudado por tanto correr y jugar, y su hijo, dirigiéndole una mirada cargada de amor y felicidad, le sonrió ampliamente.
—Ven a jugar con nosotros mamita, nos estamos divirtiendo muchísimo con papito. — pidió Gabriel con emoción.
Katherine le sonrió a su hijo, y viendo a Henry en el marco de la puerta sosteniendo a Emma en sus brazos, vio como ellos le sonreían alegremente. En aquel momento la hermosa rubia tan solo pudo sentir una gran calidez invadiéndola, y se sintió tan conmovida que las lágrimas le brotaron de sus ojos verdes.
Gabriel acaricio la mejilla de su madre secando la lagrima que de sus ojos se había caído.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: ¡Exesposa al ataque! Ceo, tengo a tus gemelos.