Aquella mañana de tormenta continuaba, y aquella pareja, exmarido y exmujer, disfrutaban de los placeres que el amor tenía para ofrecer. Katherine se apoyaba en sus codos; la blancura de su piel reflejaba la tenue luz del baño haciéndola lucir sublime, etérea. Henry había deseado durante mucho tiempo que fuera ella quien se entregara y se ofreciera a él de ese modo, que quería que aquel momento durara más, sin embargo, estaba luchando por no sujetarla e invertir posiciones y tomarla con toda su fuerza. Alzó sus ojos a ella y la vio con la cabeza ligeramente hacia atrás, su largo cabello de oro se resbalaba por su hombro y ocultaba la mitad de uno de sus dos grandes senos que estaban completamente libres, pues el pequeño babydoll que Katherine había portado estaba enredado en su cintura.
Henry volvió a gemir cuando los movimientos de Katherine cobraron confianza y ritmo, su cadera ahora se movía en deliciosos círculos que no hacían más que apresurarlo para alcanzar su ansiado clímax.
—Katherine… — dijo el magnate con voz entrecortada y pasional.
Henry se levantó necesitado de más, necesitando acariciar la tersa y blanca piel de su exesposa, y sujetó con fuerza la pequeña cintura de Katherine que interrumpió sus movimientos y que jadeó por la fuerza empleada por él.
—Vas a matarme…Katherine. — confesó el poderoso magnate con voz ronca.
Henry, tan desesperado y ansioso por más, besó fugazmente sus labios y la apretó más a él; tensó su cuerpo y jaló hacia abajo a Katherine logrando enterrarse aún más en su delicioso cuerpo, ella gimió en una mezcla de dolor y placer al sentir a su exesposo completamente dentro de ella como nunca lo había sentido.
—Ah, Henry… — Katherine gimió su nombre.
—Tienes que ser mía…por siempre…mi Katherine. — Henry se dijo a sí mismo, y ella no quiso entender a qué se refería, no cuando sintió aquellas feroces estocadas que comenzaban a salir y entrar de lleno en ella, erizando su piel y acelerando su corazón.
Henry apretó sus caderas entre sus manos y comenzó a moverla contra él, al mismo tiempo que empujaba para profundizar tanto como pudiera… Katherine apretó sus ojos y gimió al sostenerse de su cuello, el apuesto magnate descendió su rostro entre sus botones de rosa, y lamió y succionó los mismos mientras éstos escapaban de sus labios a consecuencia de sus necesitados movimientos.
—Oh, Henry…esto es… — dijo ella apenas sin voz, y sintiendo todo aquel placer recorriendo su cuerpo.
—Ah, mi amor, mi Katherine…esto es el cielo…— Henry dijo completamente extasiado y se puso de pie solo para cargarla y recostarla en la cama, en ese momento la tormenta cayó con más fuerza, la luz de los relámpagos traspasaba las gruesas cortinas, y el estruendo de los rayos cimbraba los cristales en los ventanales, sin embargo, ninguno lo notó, al estar completamente entregados a aquella amorosa y placentera faena que los había fundido en un solo ser.
Katherine volvió a sentir el peso de Henry sobre ella, y lo sintió separarle más las piernas para comenzar con un constante y profundo embiste en su contra, y aquel placer que tan solo con el deseaba experimentar, la hacía tocar las nubes en cada pequeño espasmo que su cuerpo experimentaba en aquella pasional entrega. Los gemidos de Katherine y los insistentes jadeos del apuesto magnate, que sostenía su cuerpo con uno de sus codos y aferraba la cadera de Katherine para obligarla a soportar su fuerza y necesidad, llenaban aquella habitación opacando cualquier ruido que del exterior pudiera darse.
—Henry…mi amor. — Katherine lo nombró sumergida en placer cuando su cuerpo comenzó a ser recorrido por un cosquilleo caliente, y sintió tensarse su vientre.
—No sabes cómo te deseo…y no sabes cómo te amo…Katherine…por ti, soy capaz de hacer lo que sea contra quien sea, si con eso puedo tenerte…— confesó roncamente el apuesto magnate.
Tuvieron poco tiempo siendo esposos, tenían mucho tiempo más de ser exesposos, sin embargo, amándose, eran realmente muchos ya los años transcurridos desde que se conocían, y tan solo unos meses desde que compartían esos momentos que los inundaban de placer y los dejaban rendidos y sin fuerza, cada vez más unidos el uno al otro, Katherine no comprendía la razón de aquella necesidad que tenía de su exesposo, y Henry comprendía que sin ella no podía vivir.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: ¡Exesposa al ataque! Ceo, tengo a tus gemelos.