Restaurante de la Calle Oeste.
Fabiola siguió el mapa en su celular hasta encontrar a Sebastián. Cuando entró al privado, la chica que esperaban aún no había llegado.
Estaba clarísimo: Sebastián la había engañado para que viniera, todo para quedarse a solas con ella.
Fabiola se sentó lo más lejos que pudo de Sebastián, sin despegar la vista de su celular y sin decir ni una palabra.
Sebastián, incómodo por la distancia y el silencio, la miró con el ceño fruncido.
—¿Qué, crees que te voy a comer o qué? Vente, siéntate aquí —le soltó, señalando la silla a su lado.
Fabiola lo ignoró por completo.
—Fabiola… —insistió Sebastián, con una mezcla de resignación y súplica en la voz—. Ya, déjate de cosas, ¿sí?
Pero Fabiola ni se inmutó. Él hablaba, ella seguía como si nada. Era como si hubiera decidido volverse sorda y muda.
Sebastián respiró profundo, tratando de contenerse. Recordó lo tranquila que era Fabiola cuando estaban juntos; ahora, en cambio, solo lograba sacarlo de quicio.
Se levantó y fue hasta donde estaba Fabiola, sentándose justo a su lado.
Ella intentó alejarse, pero Sebastián la detuvo por el brazo.
—Mira esto —dijo, mostrándole su celular con fotos y videos de Agustín y Anahí juntos—. Agustín tarde o temprano va a casarse con Anahí, solo que ahorita, por culpa de Karla, el viejo de la familia Lucero no les da permiso. Ese señor ya está grande, ¿cuánto más crees que le quede? Agustín te está usando para distraerlo, para que tú recibas todos los ataques en vez de Anahí. El día que el viejo falte, se van a divorciar y él se casa con ella en cuanto pueda.
Fabiola miró las fotos en el teléfono de Sebastián. Aunque sabía que su papel era solo de esposa por contrato, sintió un pinchazo en el pecho.
—El señor Agustín me paga treinta millones al año, y hay muchos otros beneficios. Valora mi talento y quiere mandarme a estudiar al extranjero. Todo eso tiene valor para mí —respondió Fabiola, mirándolo con una expresión distante.
Quería que Fabiola se saliera de ahí antes de que fuera demasiado tarde y todo se complicara aún más.
—No me importa para qué me haya casado Agustín. Ahora es mi esposo y yo ya soy una mujer casada, así que te pido respeto —dijo Fabiola, apartando con fuerza la mano de Sebastián y poniéndose de pie para irse.
—Fabiola… ¿De verdad vas a llegar a este extremo conmigo? ¿Vas a esperar a no tener salida para hablar conmigo en serio? —la voz de Sebastián se tornó más grave y dura.
Estaba perdiendo la paciencia.
Fabiola se detuvo un instante, lo miró por encima del hombro.
—Sebastián, deja de buscarme. Soy solo una huérfana, no puedo darte nada de lo que buscas. Tú lo sabes. Para Agustín sirvo de escudo, pero para ti no valgo nada. El estatus de Martina te ayuda mucho más a mantener tu posición.
Fabiola no entendía. Había negado su relación de cuatro años, había dicho que quien la mantenía era él, incluso le quitó la beca para estudiar en el extranjero sin importarle su futuro… ¿por qué, entonces, seguía buscándola?

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Florecer en Cenizas
Queria esse lucro em português brasileiro...