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Florecer en Cenizas romance Capítulo 554

El parque "Los Álamos" no había cambiado mucho en veinte años. Los columpios de metal seguían chirriando con el viento y los viejos árboles de tronco grueso seguían dando la misma sombra protectora. Era el lugar donde el abuelo Roberto los llevaba los domingos, cuando Fabián recién había llegado a la casa, asustado y silencioso, y Fabiola intentaba compartirle sus juguetes.

Fabiola estaba sentada en una de las bancas de piedra, con un abrigo color camel cerrado hasta el cuello. El aire de la tarde era fresco. A unos cincuenta metros, un auto negro con los vidrios polarizados estaba estacionado. Agustín estaba dentro, observando. Le había prometido no intervenir, pero Fabiola sabía que tenía la mano cerca del arma.

Un hombre se acercó por el sendero de grava. Caminaba despacio, con las manos metidas en los bolsillos de una chamarra de mezclilla desgastada.

Fabián se veía diferente. Había perdido peso. La arrogancia que solía inflarle el pecho como un globo había desaparecido, dejando atrás a un hombre de hombros caídos y mirada huidiza. Se había afeitado, pero su rostro mostraba las huellas del insomnio y el alcohol de las últimas semanas.

Se detuvo a dos metros de ella. No se atrevió a sentarse.

—Gracias por venir —dijo Fabián. Su voz sonaba ronca, oxidada por el desuso.

Fabiola lo miró. Buscó dentro de sí misma el odio que la había alimentado durante meses, la furia que sintió cuando él la echó de la empresa, cuando protegió a Paulina. Pero no encontró nada. El odio requiere energía, y Fabián ya no merecía su energía.

—Tienes cinco minutos, Fabián.

Fabián asintió, mirando sus propios zapatos viejos.

—No te cité para pedirte dinero —dijo él rápidamente, como si temiera que ella se levantara y se fuera—. Ni para pedirte trabajo. Sé que perdí ese derecho hace mucho.

Levantó la vista. Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero esta vez no eran lágrimas de manipulación. Eran lágrimas de una vergüenza profunda y corrosiva.

—Fabiola... lo siento. Y no lo siento por haber perdido el dinero, o la empresa, o el estatus. Lo siento porque... porque le fallé al abuelo.

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