No hubo catedrales góticas, ni vestidos de cola de tres metros, ni quinientos invitados juzgando el menú.
La boda de Gastón Lucero y Griselda Rivas fue en el jardín trasero de una pequeña casa que Gastón había comprado en las afueras, lejos del ruido de la ciudad y de los recuerdos de la mansión de Violeta.
El juez del registro civil, un hombre bajito y simpático, ofició la ceremonia bajo un arco de girasoles.
Griselda llevaba un vestido blanco corto, moderno y fresco, que dejaba ver sus piernas torneadas y combinaba con su personalidad explosiva. Gastón usaba un traje de lino color arena, sin corbata, y no dejaba de sonreír como un niño que acaba de ganar la lotería.
Solo estaban los amigos cercanos. Fabiola y Agustín, Facundo, Sebastián y Renata, y un puñado de compañeros de trabajo de Griselda.
—Gastón —dijo Griselda cuando llegó el momento de los votos, sosteniendo sus manos—. Eres un dolor de cabeza. Eres terco, eres un niño rico mimado a veces... pero eres el hombre más valiente que conozco. Prometo amarte incluso cuando seas insoportable. Y prometo no ponerte veneno en el té nunca.
Una carcajada general rompió la solemnidad. Gastón se rio tan fuerte que tuvo que secarse una lágrima.
—Griselda —respondió él, recuperando el aliento—, me salvaste la vida en más de un sentido. Prometo que nunca te faltará aventura, y prometo obedecerte... el ochenta por ciento de las veces.
—¡Noventa! —corrigió ella.
—Ochenta y cinco y tenemos trato.
El juez los declaró marido y mujer entre aplausos y silbidos. Se besaron con pasión, sin importarles el público.
Llegó el momento del ramo. Griselda se paró de espaldas, contó hasta tres y lanzó el bouquet de girasoles al aire.
Fabiola estaba lista para saltar, riendo, pero el ramo hizo una curva extraña en el aire, rebotó en la mano de Facundo y cayó directamente en los brazos de Anaís.
La exbailarina, que ahora trabajaba en el departamento de arte de la empresa, se quedó paralizada con las flores en la mano, sonrojándose furiosamente mientras todos aplaudían.
Facundo la miró, se ajustó las gafas y le guiñó un ojo.
La recepción era una fiesta relajada. Había música en vivo, tacos gourmet y barra libre.
Sebastián Benítez estaba recargado en la barra improvisada, observando la pista de baile con una bebida en la mano. Veía cómo Agustín hacía girar a Fabiola, cómo se reían, cómo se miraban con esa complicidad que solo tienen las almas gemelas.
No sentía celos. Sentía una extraña ligereza en el pecho.
—Gracias por venir, Sebastián —dijo Fabiola, acercándose a él. Agustín se había quedado hablando con Gastón.
Sebastián se enderezó y le sonrió, una sonrisa triste pero sincera.
—No me lo perdería. Gastón es un buen chico, a pesar de su familia.
Fabiola se apoyó en la barra junto a él.
—Y gracias por lo de la bodega. Y por lo del juicio. Sin ti, no habríamos podido cerrar el caso tan rápido.
Sebastián miró el hielo en su vaso.
—Era lo menos que podía hacer. Tenía deudas pendientes con mi propia conciencia.
Hubo un silencio cómodo entre los dos.
—Perdí mi oportunidad contigo hace años, Fabiola —admitió Sebastián de repente, mirándola a los ojos—. Cuando éramos jóvenes. Fui cobarde, preferí los negocios fáciles. Agustín... él quemó el mundo por ti. Se lo merece. Me alegra ver que ganaste. De verdad.
Fabiola le puso una mano en el brazo.

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