La Mansión Barrera ya no olía a cerrado, ni a la lavanda artificial que Paulina había ordenado rociar en cada habitación para marcar su territorio. Ahora olía a pintura fresca, a madera pulida y a flores naturales.
Fabiola estaba parada en el centro del gran salón, con una lista de inventario en la mano y el cabello recogido en una coleta práctica.
—Ese sofá de terciopelo rosa chillón —señaló Fabiola con el bolígrafo—, a la basura. Y esas cortinas de leopardo sintético... quémenlas si es necesario.
Los empleados de la mudanza asintieron, cargando los muebles de gusto cuestionable que Paulina había comprado con el dinero de la empresa. Ver salir esos objetos era como ver salir la mala energía de la casa.
—Señora Fabiola —llamó la vieja ama de llaves, Doña Marta, entrando con una caja de cartón desgastada en las manos. Tenía los ojos húmedos—. Encontré esto en el desván. El joven Gastón nos ordenó esconderlo cuando la señorita Paulina quiso tirar todo lo viejo.
Fabiola dejó la lista y abrió la caja. El olor a polvo y nostalgia la golpeó.
Adentro estaba su viejo oso de peluche al que le faltaba un ojo, los álbumes de fotos familiares que creía perdidos en la basura, y la colección de vinilos de jazz de su abuelo.
—Gracias, Marta —susurró Fabiola, acariciando el lomo de un álbum—. Gracias por guardarlos.
La casa dejaba de ser un mausoleo de traiciones. Con cada objeto recuperado, volvía a ser un hogar.
—¿De verdad vamos a colgar esto? —preguntó Agustín, entrando al salón cargando un cuadro enorme con marco dorado.
Era un retrato al óleo de un antepasado Barrera con bigote de manubrio y ojos bizcos. Agustín fingía estar haciendo un esfuerzo sobrehumano, aunque sus músculos se marcaban bajo la camiseta negra ajustada.

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