Un año después.
El jardín de la Mansión Lucero estaba en plena explosión de color. Las rosas blancas, los tulipanes amarillos y las buganvilias fucsias creaban un tapiz vibrante bajo la luz dorada del atardecer. El aire olía a tierra mojada y a jazmín.
Fabiola estaba sentada en una banca de hierro forjado bajo la sombra de un viejo roble, con un libro cerrado sobre su regazo. Llevaba un vestido de maternidad de lino blanco que se ajustaba a su vientre abultado de ocho meses.
Su mano acariciaba distraídamente la curva de su estómago, sintiendo los movimientos sutiles de la vida que crecía dentro de ella.
Miró hacia el horizonte, donde el sol empezaba a descender, tiñendo el cielo de naranja y púrpura. Su mente viajó hacia atrás, recorriendo el camino que la había llevado hasta esa banca.
Recordó la frialdad de la sala de juntas cuando Fabián la traicionó. Recordó la desesperación en el estacionamiento cuando la secuestraron. Recordó el miedo, la soledad y la rabia.
Pero también recordó la mano de Agustín sacándola del auto bajo la lluvia. Recordó a Griselda defendiéndola. Recordó la lealtad de Facundo y Sebastián.
Todo el dolor, todas las lágrimas, habían sido el precio de este momento de paz absoluta. Y lo pagaría de nuevo, mil veces, si fuera necesario.
El sonido de pasos sobre la grava la sacó de sus pensamientos.
Agustín apareció por el sendero. Venía de la oficina, con la camisa blanca remangada hasta los codos y el saco colgado al hombro. Se veía cansado, pero en cuanto la vio, su rostro se iluminó con esa sonrisa que borraba cualquier fatiga.
Dejó el saco sobre el respaldo de la banca y se sentó a su lado, pasando un brazo por detrás de sus hombros. Su mano grande y cálida se posó instintivamente sobre el vientre de Fabiola.
Justo en ese momento, el bebé dio una patada fuerte.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Florecer en Cenizas
Queria esse lucro em português brasileiro...